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San Andrés necesita que la quieran

La isla de San Andrés es uno de nuestros paraísos más bonitos. Cuenta con unas playas blancas envidiables y hasta siete tonalidades de azul en su mar, un privilegio del que gozan muy pocos lugares del planeta. Nada de esto es novedad. Es, además, un lugar que disfrutan colombianos de todos los estratos. Y mejor aún, un punto turístico cada vez más popular entre extranjeros, sobre todo argentinos, chilenos y brasileños.

En 2017, San Andrés sobrepasó la barrera del millón de turistas nacionales y foráneos. 113.000 más que los registrados en 2016, según cifras de la Secretaría de Turismo Departamental. Todo un éxito.

Pero la realidad es muy distinta. Detrás de este espejismo de bonanza y éxito se esconde un problema monumental y desgarrador. El de una isla cuya grandeza está ya muy cerca de ser tan solo un recuerdo del pasado. Y más triste aún, ese parece ser el irrevocable futuro de San Andrés, pues no se vislumbra un plan para sacarla adelante. Se convirtió, ante la mirada indiferente de Colombia entera, en un pedazo de tierra abandonado a su suerte.

“San Andrés es una joya… Pero está a punto de dejar de serlo si el abandono, la politiquería y el turismo sin conciencia siguen apoderándose de sus 24 kilómetros cuadrados llenos de belleza”, resume acertadamente en El País de Cali el columnista Luis Guillermo Restrepo Satizábal.

Las palabras de Restrepo parecen ser más un fuerte deseo de no dejar morir los hermosos recuerdos que San Andrés evoca en él, al igual que en cientos de miles de colombianos, sobre todo en los vallecaucanos, que la cruda realidad: San Andrés ya no es una joya. Tampoco un muladar, como otros señalan, pero sí es un lugar abandonado, descuidado y olvidado. Y un sitio con esas características se acerca más a un muladar que a una joya.

Los problemas de la isla están más que detectados, tal y como lo señala Restrepo: abandono, politiquería y turismo sin conciencia. Quizás habría que agregarle corrupción y una preocupante falta de civismo, tanto por parte de los habitantes de la isla como por parte de los que la visitamos.

El tema no es seguir denunciando lo que está pasando. Ni Restrepo ni yo somos los primeros que hablamos del asunto, ni seremos los últimos. Aquí debemos es cambiar la manera en cómo abordamos el problema. Y a partir de ahí buscar la solución. Lo primero que tenemos que hacer es trazarnos un objetivo. Un objetivo de alcance nacional, no solamente local: volver a querer a San Andrés. Esto no es un imposible y de hecho, es una manera de poner el primer ladrillo. Ejemplos sobran.

En los 90, el primer ministro británico Tony Blair logró lo que muchos consideraban utópico, acabar con la imagen decadente de Gran Bretaña y construir el símbolo de un país joven, moderno, vanguardista: el resultado fue “Cool Britannia”, un concepto que le devolvió la grandeza a un país que se había dejado de llevar por décadas de abandono y politiquería.

Nueva York llegó a ser un muladar en la década de los 70. No obstante, la combinación de un buen alcalde junto con la voluntad de la ciudadanía, le devolvieron su esplendor. Esplendor que no ha abandonado desde entonces.
Con voluntad y liderazgo, San Andrés podría replicar lo de Gran Bretaña o Nueva York. Esperanzas las hay. Lo que parece no haber es gente. Ni interés. ¿O sí?