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¿Qué estamos respirando?

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Hace unos días se revelaron los resultados de la Encuesta Multipropósito de la Alcaldía de Bogotá. De todas las cifras hubo una en especial que me alegró por completo y que es prueba contundente de hacía donde están proyectándose las prioridades de los ciudadanos: 33,8% de las personas que viven en la capital consideran que uno de los mayores problemas que tenemos en la contaminación del aire.

A la calidad del aire hay que prestarle atención, en Bogotá, en Medellín y en todo el país; es un tema serio, es la raíz de muchas enfermedades, impacta las finanzas de la administración, la economía y la competitividad de las ciudades.

Estudios de la Universidad de los Andes y de la Universidad Nacional han demostrado que la mayoría de las causas de los resfriados y enfermedades respi- ratorias radican en la contaminación del aire, especialmente por la pésima calidad del combustible diésel y el polvo.

Hoy, una porción bastante grande del gasto está destinado a la salud pública representada en infecciones y enfermedades respiratorias. La contaminación enferma a nuestros niños, no les permite ir al colegio y a largo plazo puede tener consecuencias mucho mayores en su salud que no les permitirá desenvolverse por completo en algún aspecto, puede que los limite.

Lo anterior, tiene un impacto en términos de competitividad, cada vez que un niño o un adulto se enferma se generan incapacidades, ausencias a clase, permisos en la oficina, entre otros que afectan de una u otra manera la productividad del país.

Sí, se han tomado medidas, pero ha primado el descuido y el abandono en el tema. En 2008 logramos aprobar la Ley del Diésel que obligaba a disminuir de 4.500 a 50 partículas por millón el azufre que contiene este combustible en el transporte público. Claro, esto contribuyó a mejorar el aire que respiramos, sin embargo, nos quedó faltando por regular los índices en el combustible que se usa en los vehículos que no pertenecen al transporte público y que han seguido circulando por la ciudad. Transmilenio por su parte debía cambiar su flota después de 10 años de vida útil y hasta el momento no se ha hecho. Con buses nuevos a gas o eléctricos haríamos contribuciones para disminuir la contaminación en Bogotá.

Toquemos nuevas puertas: la innovación y la tecnología son aliadas para buscar soluciones. Sensores de polvo, inteligencia artificial para controlar la calefacción y aumentar la eficiencia energética, pavimentos fotocatalizadores, purificadores de aire, entre otros, que ya se están aplicando en el mundo entero y que estamos en mora de acogerlos porque hasta ahora estamos abriendo los ojos ante la situación.

El aire se nos debe convertir en una prioridad. Respirar es un acto mecánico e inconsciente que hacemos desde el primer hasta el último segundo de vida, no podemos seguir aplazando la discusión, ni relevándola a un tema menor.

Hay que invertir en el aire, hay que ser preventivos, empecemos a controlar antes de tener que vernos obligados a reaccionar. Los recursos que se destinan al tratamiento de enfermedades, las vidas que se debilitan e incluso se pierden y la reducción de la competitividad se podrían aminorar si invertimos un poco y desde ya en la calidad el aire que estamos respirando. El aire no vota, el aire no grita pero en definitiva ojos que no ven pulmones que sí sienten.

Ahora que tengo su atención: tenemos nuevo Congreso con buena renovación y nuevos actores, en sus manos está no defraudar a los colombianos que han perdido la confianza en la política, es una nueva oportunidad para demostrar lo diferentes que somos.

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