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Analistas 06/02/2026

Capitalismo social: una conversación necesaria para América Latina

En un mundo atravesado por la polarización, la guerra y la incertidumbre económica, América Latina y el Caribe enfrentan una pregunta central: ¿cómo crecer sin dejar atrás a millones de personas y, a su vez, posicionar a la región en el escenario global? La respuesta no parece estar en repetir fórmulas agotadas ni en sostener debates infructuosos, sino en repensar el desarrollo desde lo social, con una mirada propia y anclada en nuestra realidad regional.

Durante el Foro Económico Internacional América Latina y el Caribe 2026 del CAF, realizado en Panamá, varios presidentes coincidieron en un diagnóstico que resulta evidente: la región atraviesa un momento crítico que exige más integración, más cooperación y una visión compartida de futuro. Ningún país puede salir adelante solo en un escenario global cada vez más fragmentado, y América Latina solo tendrá peso si actúa como bloque capaz de negociar, cooperar y proyectarse como un actor de estabilidad y paz.

En ese contexto, una de las ideas más sugerentes fue la defensa de un capitalismo con propósito social, planteada por el presidente Paz de Bolivia, entendido no como un dogma, sino como una herramienta para generar bienestar. Desde una mirada cultural propia, planteó que el capitalismo puede y debe ser el eje de una economía social orientada a la dignidad humana. Me generó especial atención la referencia al concepto de qamirismo, tomado de la cosmovisión aymara, el cual se interpreta como abundancia compartida en un horizonte colectivo. Esto se traduce en que el problema no es crecer; el problema es crecer dejando a la mayoría por fuera.

El qamirismo aporta una perspectiva distinta al debate económico regional. En lugar de medir el éxito únicamente en términos de crecimiento, propone preguntarse quiénes participan de ese crecimiento y cómo se traduce en empleo, educación, salud y equidad. En muchas lenguas indígenas no existe una palabra para pobreza, pero sí para abundancia. Esa idea desafía a sociedades como la colombiana, donde el desarrollo muchas veces convive con profundas brechas sociales. Esta discusión es especialmente relevante para nosotros, un país que necesita combinar estabilidad macroeconómica con inclusión productiva. Apostar por una economía social implica fortalecer el sector empresarial de la mano del empleo formal, invertir de manera sostenida en educación y garantizar condiciones que permitan a las personas desarrollar sus capacidades. No es una renuncia al mercado, sino una apuesta por poner a las personas en el centro de las decisiones económicas.

El foro también dejó un mensaje transversal: la integración regional no puede quedarse en el discurso. Frente a la inequidad, el hambre y las tensiones globales, la cooperación continental es la respuesta más eficaz a desafíos que no reconocen fronteras. Adaptarse a un orden global en transformación exige diálogo, confianza y la capacidad de dejar atrás ideologías estériles para construir bienestar real.

Quizá el mayor aprendizaje sea que América Latina tiene los recursos, el talento humano y la historia compartida para avanzar.

Lo que necesita es una visión de desarrollo enfocada en un capitalismo social, que combine crecimiento, justicia social e integración.

El qamirismo no es una consigna exótica; es una invitación a pensar la abundancia como un proyecto colectivo y regional.

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