Analistas

El mito del progreso y el capital

La respuesta a la pregunta “¿qué hace progresar económicamente a una sociedad?” es hoy el eje de buena parte de las discusiones de política económica y de los esfuerzos investigativos de muchas instituciones. El famoso mito del progreso que rebate, por así decirlo, la “obligatoriedad” de la evolución ascendente de la sociedad, se pone en entredicho ante el panorama de inventos, desarrollos productivos y un amplio conjunto de hechos que justificarían un cierto crescendo del progreso en el orden material. Volvemos a la pregunta inicial, ¿qué hace progresar económicamente a una sociedad?
En una columna anterior comentaba que modernas metodologías de Nowcasting (predicción del presente y el futuro cercano), permiten identificar variables que expliquen los movimientos del crecimiento económico y fue especialmente diciente que, al realizar este ejercicio para Colombia, las importaciones de bienes de capital para la industria fueran el indicador ganador en cuanto a su poder explicativo. Mucho se ha hablado del capital como dinamizador de la economía a través de mejoras en la productividad. El gran interrogante que esto suscita es a dónde irán los trabajadores que podrían ser reemplazados por las máquinas.
En un reciente Ted Talk, el profesor de Economía del MIT, David Author, expone que en Estados Unidos la fracción de adultos dentro de la fuerza laboral no ha disminuido a lo largo de los años, hecho paradójico por la proliferación de las máquinas en los procesos productivos. Por el contrario: pasó de 54% en 1910 a 65% en 2010. Y, ¿cómo pasó esto? Author argumenta que tanto la creatividad humana, como el hambre insaciable de llegar a más, han hecho que empleos que antes requerían de un elevado número de personas ahora solo necesite un número reducido, y que nuevos empleos puedan crearse en otras industrias menos desarrolladas y tal vez más demandantes cognitivamente. El ejemplo que usa es impactante: en 1900, 40% del empleo en Estados Unidos estaba en las granjas, hoy en día es solo 2% quien alimenta todo el país, y termina diciendo con gracia: “No es porque estemos comiendo menos”.
A primera vista es un panorama esperanzador pero, eso sí, debe manejarse con cuidado. En el país se debe facilitar la formación profesional de un mayor sector de la sociedad, junto con una demanda creciente de empleos más especializados. Lant Pritchet del Banco Mundial advierte que, en países con importantes avances en educación pero con bajo crecimiento, las personas educadas podrían: ir a actividades ilegales con buenas remuneraciones privadas pero con alto costo social, no encontrar quién emplee sus nuevas capacidades o conseguir nuevos conocimientos que no son útiles. Los bienes de capital pueden aprovecharse muy bien para el progreso, pero esto debe conjugarse con unas condiciones para la formación humana ambiciosas. De otra manera, terminaremos como los luditas del siglo XIX en Inglaterra, buscando quitar a las máquinas del medio.