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Analistas 04/06/2026

La tiranía de los tramposos

César Mauricio Rodríguez Zárate
Teniente coronel (RP) PhD. Research Associate Leiden University

En la Grecia antigua, el týrannos era quien asumía el poder de manera ilegítima o lo ejercía sin límites. Con el tiempo se convirtió en el déspota y de ahí el despotismo, una forma de gobierno absoluta y arbitraria. Ahora, en el fragor electoral, cuando se decide si continuamos siendo un Estado de derecho o si, desde la tiranía, transitamos hacia el probado y fracasado modelo neocomunista que empobrece y arruina un país, es cuando ese poder es aprovechado para engañar y entrampar, para emplear todos los medios y recursos públicos sobre narrativas de fraude y otras mentiras, reafirmando una tiranía de los tramposos.

Trampa procede del germánico trap, artificio utilizado para engañar o atrapar algo. Por antonomasia, la trampa hace uso de la mentira. No siempre consiste en alterar el resultado de un juego; también busca convencer a los demás de que las reglas fueron “injustas” cuando ese resultado no les favorece. Entonces, ¿por qué hablamos de tiranía y de trampa? Porque en este caso la trampa no consiste únicamente en alterar el resultado; lo es por la construcción de un ardid o estrategia de engaño desde el poder. Lo explico.

Todo comienza con el famoso código fuente de la Registraduría, que es una serie de instrucciones que le indican a un sistema operativo cómo deben funcionar, comportarse y mostrarse los resultados de las elecciones. La persistente solicitud de acceso a este código por este gobierno no tiene otra explicación que buscar su posible alteración. Valiente el registrador nacional al negarse a esta pretensión ilegal, porque ni está obligado ni está normado, garantizando la imparcialidad y evitando, ahí sí, el fraude.

Pero la trampa va más allá. Consiste en engañar a la opinión pública para que desconfíe del resultado si no resultan ganadores. La trampa estaba preparada, se construyó desde hace meses y tiene una secuencia.

Primero: desacreditar las instituciones. Eso explica las reiteradas descalificaciones contra la Registraduría y el Consejo Nacional Electoral, con insinuaciones de fraude y de favorecimiento a candidatos, sin pruebas. Es una estrategia de ataque permanente que procura exacerbar el populismo y convertirlo en odio ciego, para ser fácilmente manipulable en sus seguidores y llevarlo a las calles en niveles de violencia y caos desbordados. Ya lo dijeron una vez se conocieron los resultados: activar el movimiento de masas, que también sabemos cómo termina. Segundo: uso de la propaganda y la demagogia en una estrategia de manipulación de las emociones como herramienta política permanente. Sembrar dudas, lanzar acusaciones y ataques por redes, emplear medios, tarimas, subsidios, contratos y recursos públicos del Estado como canal, y desafiar e incumplir las restricciones para participar en política o favorecer determinado candidato.

Tercero: emplear y repetir la mentira como método. Cuando se quiere acabar una democracia, ya no se acude a golpes de Estado; se busca la ruptura institucional y constitucional, y la forma de lograrlo es sembrando desconfianza con mentiras, haciendo creer a la masa que ninguna institución merece confianza, que toda decisión es fraudulenta y que la única verdad posible proviene del líder político de turno. Ahí es donde se perfecciona la tiranía de los tramposos: no la de quienes violan abiertamente las reglas y las instituciones, sino la de quienes las utilizan mientras les sirven y las destruyen y cuestionan cuando dejan de serles útiles. ¿O no fue la misma Registraduría y el mismo software el que dio la victoria a este gobierno hace 4 años? ¿Por qué en ese entonces no hablaron de fraude? Lo inteligente será no caer en la trampa. Cuantos más ojos, mejor. No basta con los observadores internacionales; se requiere activar mecanismos jurídicos del más alto nivel, solicitando medidas cautelares sobre el proceso electoral, en cabeza ahora de la Comisión Europea y EE.UU. También es urgente que los órganos de control y la Comisión de Acusaciones del Congreso actúen y sancionen con rapidez y ejemplaridad. Los medios de comunicación no pueden asumir una postura meramente informativa: son canales que pueden visibilizar, con evidencias, la gravedad de estas actuaciones, fortaleciendo su rol como institución de opinión y reforzando su legitimidad e imparcialidad. La tiranía de los tramposos no puede normalizarse. Porque, además de destruir la ética pública y las instituciones, y profundizar la división de la nación, puede acabar definitivamente con la democracia. Soy optimista sobre el futuro de Colombia, pero tampoco podemos ser ingenuos. De nuestro criterio y nuestro voto dependerá el país que tendremos en los próximos años y el que le dejaremos a nuestros hijos.

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