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Las tensiones ruso-ucranianas

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La última crisis en el Mar de Azov nos recuerda que hay una guerra latente en Europa que en cualquier momento puede estallar afectando los precarios equilibrios internacionales.

El secuestro por parte rusa de tres buques ucranianos, acusados de haber violado las aguas territoriales rusas, demuestra que de ambas partes falta una verdadera voluntad de dialogar para salir de una crisis que lleva ya cuatro años.

Si Rusia, desde la anexión de Crimea en 2014, ha progresivamente ampliado el control de los espacios marítimos adyacentes, Poroshenko tiene su razón para intentar reafirmar los intereses ucranianos. Desde la construcción del puente de Kerch, inaugurado con un acto solemne en el mayo pasado, uniendo el territorio ruso a la península de Crimea Moscú se ha garantizado un control casi exclusivo en el Mar de Azov afectando la libre circulación de las naves ucranianas que en este mar interno cuentan con importantes ciudades y puertos, como los de Mariupol y Berdyansk.

De todas formas, el presidente ucraniano sabía perfectamente que a una acción firme promovida por su gobierno, el Kremlin contestaría en la sola manera que conoce: con la fuerza.

¿Ha sido entonces una provocación de Poroshenko, así como ha afirmado Putin en el fórum financiero de Moscú? Probablemente sí.

Esto es evidente si consideramos que el paso siguiente a la reacción rusa ha sido la aprobación del parlamento ucraniano de una Ley Marcial que da al ejército poderes extraordinarios y al gobierno la posibilidad de limitar las libertades de prensa y de expresión. Ley aprobada solo por 30 días, a pesar de la voluntad del presidente que quería extenderla por un periodo más largo, y que obviamente tendrá consecuencias cruciales en particular en las regiones separatistas.

Parece entonces una decisión finalizada a adquirir algunas ventajas en política interna. En pocos meses en Ucrania se votará en las elecciones presidenciales y el actual presidente, un oligarca bastante controvertido, es solo quinto en las últimas encuestas pagando el empeoramiento de la crisis del país durante su mandato.

Utilizar la amenaza rusa, dirigir la atención de la población hacia el engorroso vecino permite fortalecer la cohesión nacional utilizando el miedo a un enemigo externo para dejar de lado las debilidades internas.

Según un esquema clásico, Poroshenko está moviendo todos los peones a su disposición: el apoyo de la religión – recordamos la reciente decisión de la Iglesia de Kiev de independizarse del patriarcado de Moscú -, la crisis internacional, la declaración de un estado de excepción, para garantizarse el control en el país y consolidar su peso político.

Una estrategia que Putin conoce perfectamente siendo el maestro en el uso de una retórica patriótica en contra de Occidente para asegurarse el apoyo de los rusos a pesar de las dificultades económicas en la cual se encuentra la Federación.

¿Llegaremos a una nueva guerra? Ojalá que no. Los riesgos de una confrontación entre una potencia nuclear y un estado que puede contar con el apoyo del Otan son demasiado altos. La cosa más probable es que siga una situación de tensión, además porque las dos partes están interesadas en una agudización de la crisis que les permite compactar al pueblo alrededor de su presidente.

Sería, de lo contrario, deseable un mayor activismo de parte de Europa y Estados Unidos para implementar las negociaciones de paz en el interés de todos. La paz en el continente europeo es un don demasiado precioso para dejarlo en las manos de Putin y Poroshenko, dos líderes lamentablemente poco fiables.

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