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Sin competencia no hay paraíso

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El liberalismo económico que se inició con los economistas clásicos a partir de Adam Smith, basaron su reflexión sobre la existencia de unas fuerzas (la mano invisible) que regulaban la economía de tal manera que se lograba la mayor eficiencia y bienestar. Una de esas fuerzas es sin lugar a equívocos, la competencia.

Es la existencia de la competencia la máxima garantía contra los abusos o la imposición de condiciones sobre los consumidores. Es por ello que Smith, quien recomendó la menor intervención del estado en asuntos del manejo económico, sí le reconoció al estado una función esencial de garantizar la competencia.

En el estado moderno esto es aún mas cierto. Existe una tendencia a la concentración de la producción en pocas manos generando escenarios monopólicos que extraen a los consumidores rentas excesivas y poco legítimas.

Lenin advirtió en su estudio sobre el imperialismo la tendencia a la concentración empresarial que ya era evidente a principios del siglo XX. Los grandes monopolios se fueron consolidando en los más diversos frentes desde la industria automotriz hasta los bancos y las barreras de entrada para nuevas firmas fueron haciéndose cada vez mayores.

Fue la revolución tecnológica que vino de la mano del internet la que derribó las barreras de entrada y dio al traste con los esquemas mas tradicionales de monopolio. Así fueron surgiendo nuevas aventuras empresariales que desplazaron a grandes monopolios como sucedió con Kodak en la industria fotográfica o el del estado en materia de telecomunicaciones.

Esta nueva ola de empresas que entraron al mercado resultado de iniciativas de garaje revolucionaron el mundo empresarial y en corto tiempo Microsoft, Apple, Facebook y muchas otras asumieron un liderazgo que desplazó los más tradicionales símbolos del poder económico.

Desafortunadamente estos nuevos jugadores han impuesto un nuevo régimen monopólico contra el cual tratan de batallar los estados en defensa del consumidor. Las nuevas iniciativas tecnológicas son rápidamente absorbidas por estos monstruos que devoran a los Whatsapp, Instragram, etc.

Aún con las limitaciones que surgen de estos nuevos monopolios, las sociedad está disfrutando de una mayor competencia. Esto es cierto tanto desde la vida cotidiana como resultado de plataformas como Uber que acabó con el monopolio de los taxis, y ha logrado el milagro, al menos en Bogotá, de que el servicio de taxi tenga una mejoría, hasta en el ámbito más amplio de nación en la medida en que la revolución tecnológica ha llevado a la globalización.

Nuevos competidores que compiten en línea desde China o India dinamizan el mercado en todo el mundo, y poco a poco, a través de tratados de comercio, los países han venido reconociendo esta realidad eliminando barreras a la competencia internacional.

En Colombia en buena hora el estado ha asumido el reto de garantizar esa competencia. Tanto con la suscripción de tratados de libre comercio, como a través de la acción de la Superintendencia de Industria sobre carteles que fijan precio en detrimento de los consumidores.

El TLC suscrito son los EE.UU. contiene normas precisas que comprometen al estado en la lucha contra los monopolios y ello es tal vez uno de los aspectos mas importantes de este tratado.

Es preocupante que exista en el mundo, paralelo al creciente monopolio de los gigantes tecnológicos, unos estados que quieren imponer barreras a la competencia internacional (Trumpconomics), porque es bien sabido desde Adam Smith que sin competencia no hay paraíso.

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