Analistas

Restaurando

En el manejo social y ecológico no hay vuelta al pasado, como a veces pareciera derivarse de ciertos ambientalismos: su evolución es una flecha unidireccional que implica la continua reorganización de los componentes que configuran la realidad, y no hay leyes humanas que garanticen la persistencia de nada. Si bien algunos pueblos o sociedades pueden elegir un sistema de vida más conservador o “estable”, esta “estabilidad” será factible mientras el contexto lo permita: hay mucho camino entre las formas de asumir y elegir el cambio de los pueblos wayuu a los kogui, a pesar de su cercanía geográfica, o de los grupos sociales regionales. 
 
Esta semana concluyó el III Congreso Iberoamericano y del Caribe de Restauración Ecológica en Bogotá, con apoyo del Jardín Botánico, la Red Colombiana de Restauración (www.redcre.com), la Universidad Javeriana, el Instituto Humboldt y decenas de organizaciones y personas que durante varios días debatieron el problema de la recuperación de los ambientes degradados, algo que afecta severamente a todos los países del mundo e infringe costos y restricciones importantes al bienestar. 
 
En Colombia tenemos ríos enteros destrozados por materias fecales acumuladas, por la minería y el mercurio; suelos esterilizados por las malas prácticas agropecuarias, montañas erodadas y playas carbonizadas; todo ello por irresponsabilidad y ambición, a veces por limitaciones técnicas naturales. Una deuda ecológica acumulada gigantesca, cuyos intereses cada día son más onerosos.
 
En la discusión se reiteró cómo, si bien se debe partir de principios de precaución y prevención (un peso invertido en buen manejo ahorra siete en remediación, si es que existe la tecnología para ello), la restauración es una actividad reconstructiva indispensable, rehabilitadora si se quiere, de las condiciones más apropiadas para la convivencia de todos los seres vivos, no solo de las personas. 
 
En ese sentido, la restauración está  hecha de acciones coordinadas a múltiples escalas, que buscan paliar la destrucción de hábitats, la contaminación de aguas y suelos, los efectos letales de las invasiones biológicas (facilitadas a su vez por el deterioro de la integridad ecosistémica), o la sobreexplotación de los recursos. No se trata de una simple recuperación de estructuras, como la mayoría de proyectos de reforestación del país ha demostrado con su fracaso, sino una actividad adaptativa que, a partir de unas trayectorias y unos parámetros, define un curso a seguir para la gestión ambiental. 
 
La idea es que al restaurar, como en la cirugía cardiovascular, las válvulas nuevas sean incluso mejores que las precedentes, independientemente que sean humanas, animales o de silicona: esto hace de la reconstrucción ecológica un espacio de innovación, con plena capacidad de incorporar conocimientos, perspectivas y tecnologías. Una ingeniería de los ecosistemas con criterio adaptativo, donde se requieren prótesis y acciones de gestión híbridas, en términos de las ciencias y conocimientos involucrados.
 
Ocho o nueve millones de bogotanos habitando un altiplano andino implican muchas cosas, algunas buenas, otras malas, en términos de la posibilidad de seguir existiendo y prosperando, al menos por otros 50 o 100 años. En este sentido, las decisiones que tomemos en términos ambientales no pueden ser las del regreso al pasado, pues este, anclado en el lenguaje y nuestros modelos mentales, no es más que una ficción coherente, llena de semillas ideológicas pero poco práctica para sobrevivir al cambio global. No hay manera de volver a tener 10.000 o 20.000 hectáreas de humedales, ni de vivir a partir de la cacería de patos y la pesca de capitanes, combinada con la producción de maíz y fríjoles propia de los muiscas. 
 
La restauración, en síntesis, es la puerta para definir una nueva relación entre la sociedad y la naturaleza, una puerta creativa que, como decía el lema del evento, también nos permita sanar a nosotros como seres humanos en conflicto.