Analistas

Perder tiempo

En medio de los afanes del cambio global, el cada vez más evidente colapso climático planetario y los gestos primitivos de líderes tragicómicos, Martin Schaeffer, un músico holandés que dice hacer ciencia en su tiempo libre le propuso a la audiencia de la cuarta conferencia mundial “Resilience2017” (Estocolmo) volver a perder tiempo. Al parecer, en medio de ese tenue umbral que medra entre el goce de la pereza y el aburrimiento mortal yace la clave de la aceptación de nuestra condición efímera como personas, como sociedades, como animales humanos y como planeta, un elemento central de adaptación y transformación en la manera de gobernar el mundo. Perder tiempo es, indudablemente, un gesto de desapego monumental.

El llamado responde a la convicción de que estamos demasiado atadas a nuestras propias certezas, a nuestros modelos de existir y conducir el mundo, lo que tal vez no nos está permitiendo encontrar caminos alternativos para construir felicidad para todas. No hacer nada, al menos por un momento, ni siquiera contemplativo, implica romper voluntariamente los vínculos que nos definen desde un contexto que no controlamos y que está lleno de manchas que no nos gustan.

Arriesgarse a ser inútil, no tomarse tan en serio, saltar en una pata o jugar con un instrumento musical extraño son los ingredientes de una práctica revolucionaria en tanto cuestionan el sentido de la experiencia sin necesidad de precipitarse en el vacío. Ingredientes que permiten que nos reconozcamos como fuerzas creativas independientes, legítimas y autónomas, como partículas atómicas dispersas en la aventura. De ahí la conexión obvia entre arte y ciencia que ocupó buena parte de la conferencia y donde se discutió la coexistencia de múltiples sistemas de conocimiento, el papel del sistema financiero global en el cambio climático, la feminización del mundo y la reconstitución de una ética ecuménica planetaria. No sobra decir que el menú que se ofreció fue básicamente vegetariano…

El sentido de perder el tiempo en el enfoque de la resiliencia adaptativa proviene de la idea del papel que tiene el desorden en la evolución de los sistemas socioecológicos. Cuando se acumulan demasiadas tensiones derivadas de la entropía de cualquier sistema complejo en operación, las opciones son el colapso y el caos o el desorden creativo invocado por la capacidad de derrumbar deliberadamente las fichas del dominó antes que el huracán lo haga de manera fatal. Así nacieron y evolucionan la agricultura, las instituciones, la vida misma: brincando entre colapsos capaces de retener algo de memoria pero redistribuyendo los pesos relativos y relaciones de poder entre sus componentes.

El tiempo, ciertamente, no es oro ni petróleo, ni se mide con las tasas de interés. En Colombia, por ejemplo, hay innumerables oportunidades para perder tiempo: navegando en nuestros inmensos ríos mirando las orillas transcurrir, buceando en las moyas de piedra de Caño Cristales, caminando en silencio por el páramo para no imponernos ante la montaña. Haciendo ciencia feliz, recomendaría Schaeffer, desarmando y rearmando el mundo gozosamente, sin ceremonia. Habrá que moverse entre las suturas de este Frankenstein, pues tal vez la resiliencia está instaurada en aquellas partes invisibles de la sociedad que no gobiernan, que no predican, que no acosan. Una perspectiva estética de la civilización postclimática.