Analistas

Lógicas postconsumo

A algunas personas no nos gusta que nos califiquen de un plumazo como “consumidores”, por las connotaciones éticas que implica asumir el mercado y la esclavitud ante la publicidad como fuente de identidad en una sociedad. Sin embargo, debemos reconocer que, al menos parcialmente, actuamos como tales por estar inmersos en un sistema de intensos intercambios de bienes y servicios; la mayoría monetizados.

A la larga, también debemos reconocer, somos consumidores biológicos: las economías de los ecosistemas están basadas en el funcionamiento de redes tróficas, donde la energía es la moneda de intercambio entre todas las especies (plantas, animales humanos y no humanos, microorganismos) y su regulación proviene de la lógica con la que circula a través de ellas. Esa es la teoría de HT Odum, quien planteó desde los años 60 una forma de interpretar los intercambios ecológico/económicos basada en las equivalencias energético-económicas de todos los procesos y actividades globales. Entendió que la construcción de valores no monetarios en las culturas, característica de los seres humanos, puede medirse en términos de energía involucrada. En cualquiera de los casos, circulación energética o monetaria, Odum planteó como axioma la conectividad interna perfecta de los sistemas, para no violar las leyes de la entropía, conectividades olvidadas que son la única opción para entender y garantizar la construcción de la sostenibilidad.

De las primeras cosas que oímos de niños es que “el dinero no crece en las ramas de los árboles”, según la monserga paternal que incita a trabajar y no esperar sentados que el universo nos mantenga. Hay que mover el ecosistema a nuestro favor, transformando todas las formas de energía potencial en obras. Aun así, nunca se habla de “la descomposición del dinero” en ese mismo sentido, requerida para cerrar el ciclo. En ecología, por el contrario, la dimensión degradativa de los procesos es mucho más importante, pues comprender y manejar los mecanismos de la liberación de energía acumulada a través de las cadenas alimentarias, es paso fundamental para garantizar el funcionamiento completo de los ciclos vitales y, sobretodo, sustentar su adaptación al cambio, inexorable. Las bacterias y hongos, son elementos indispensables para mantener el movimiento ecológico, para renovar la vida. En ciertas economías, por el contrario, se hace        énfasis en los procesos de acumulación como motor perpetuo de crecimiento aparentemente liberado del ciclo, y todo aquello que hace referencia a la destrucción de capital es considerado perverso y peligroso, dando a las estrategias redistributivas una connotación negativa. Paradójicamente, en muchos pueblos “primitivos” o visiones místicas, la acumulación implica peligros fundamentales y produce recalentamiento y enfermedad: engordar o  atesorar son atributos negativos tanto sociales como ecológicos, y “mezquinar”, pecado capital. 

Una de las ideas de la economía clásica entorno al manejo ambiental es la del reciclaje, que evoluciona hacia mantener ciclos productivos sin residuos, donde todo es materia prima, imitando ciclos ecológicos. Ecología y economía están de acuerdo que la energía disponible es el límite (de ella dependen todas las transformaciones),  y promueven una visión integrada de la gestión productiva, en la que la actividad empresarial debe ser reconocida como parte del funcionamiento ecológico del mundo y representa una oportunidad para mantener o regenerar sus capacidades adaptativas. El Instituto Zeri, por ejemplo, es abanderado de esta visión y en Colombia hay proyectos “basura cero” hace algún tiempo. En la actualidad, la Andi lidera uno de los procesos más interesantes de ciclado de vida de productos, buscando que los fabricantes garanticen la fase de “desguace” cuando han cumplido su periodo de servicio (programado o no), es decir, asumiendo el equivalente bacterial: liberar materias primas que se integrarán en nuevos bienes o servicios en el menor tiempo posible. 

Entramos así en una era de redefinición de los roles de las empresas como proveedoras de bienestar, no solo promoviendo el consumo con responsabilidad social y ambiental, sino como verdaderas impulsoras de la regeneración de capacidades ecológicas del planeta, entendidas como parte del negocio: a eso le llaman “empresas b”, me contaba una prestigiosa consultora que las promueve. Innovación institucional a fondo, también desde el sector privado, para afrontar los retos de adaptación al cambio global y construir sostenibilidad.