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Colapsos creativos

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Los empresarios están acostumbrados a los ciclos de vida de las inversiones y poseen mecanismos explícitos y formales para afrontar el crecimiento, la estabilización o la quiebra, de manera que se favorezca la evolución del sistema productivo. El capital de inversión, sea financiero, humano o tecnológico, sigue tendencias de consolidación, articulación o crecimiento que pueden también revertirse: en economía, así como en geología o en ecología todo sigue tendencias y comportamientos similares de acreción u erosión. Los paralelos entre las economías de la naturaleza y las de los humanos han sido fuente de inspiración, pero curiosamente nos han conducido a dos perspectivas separadas de la existencia, en las que ignoramos su interdependencia.

Los sistemas biológicos también crecen, se estabilizan y quiebran, regidos por la disponibilidad de “materias primas” (agua, nutrientes, información genética) y por la disposición o “cultura organizacional” de las especies que interactúan (cadenas tróficas, relaciones de cooperación o competencia), en un sistema amoral y extremadamente violento, donde la eficiencia energética de los procesos es muy baja, para garantizar energía para la innovación: en los sistemas vivientes el cambio, la reorganización continua de los procesos es la clave de la adaptación, no la persistencia de las estructuras. En los sistemas socioeconómicos, no queremos ser tan efímeros; la cultura, así no parezca, busca ser menos cruel que la biología. No queremos magia salvaje como guía del comportamiento social.

La persistencia de estados socioeconómicos también tiende a generar condiciones de obsolescencia; acumulan entropía hasta que comienzan a colapsar, como un bosque antiguo que inexorablemente se debe quemar. La Amazonia, como un todo, requiere sacrificar un 50% de su área en procesos de destrucción “programada” para persistir, pero en la sociedad es muy difícil mantener ese ritmo, ya que implica una actitud de desprendimiento importante y capacidad para desarrollar “modos de vida de la inestabilidad”. Los sistemas de mercado emulan esta dinámica a través de la sucesión de modas, olas de renovación genuina, o la simulan letalmente a través de la obsolescencia programada, encubierta por la publicidad engañosa y el consumismo.

Muchos sistemas éticos o religiosos predican comportamientos autorestrictivos de mayor o menor intensidad, funcionales a la estabilidad e identidad socioecológica. Algunos logran incluso congelar el tiempo, haciendo de la inequidad un ritual suicida pero festivo: prometer huríes, discriminar las mujeres y desnutrir niños, como en las teocracias patriarcales. Otros distribuyen la restricción equitativamente: los franciscanos, las ecoaldeas, la permacultura. En todos, sin embargo, persiste un tipo de muerte, como el simulacro ecológico de las palmas de cera del Quindío.

El Panel de Recursos Naturales de Pnuma advierte de un colapso de los sistemas de soporte planetario, así como de la población global, en los próximos 30 años. Tiempo de demolición, entonces. En la quiebra y capacidad asombrosa de recuperación de los pequeños empresarios de la papa pareciera haber una clave evolutiva, pues parecen tener el secreto para traspasar las fronteras del colapso y llevar su experiencia a la reorganización innovadora del sistema. Un desastre bien administrado que permite renovar e instalar nuevas capacidades, sin sacrificar la memoria.

Queda planteado el reto para organizar un buen colapso planetario…
 

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