Analistas

Cifras y datos

Una de las cosas que he aprendido en este diario es a disfrutar la disciplina de leer los indicadores económicos y descifrar junto con ellos las tendencias y comportamientos misteriosos de la economía financiera. En particular, imagino el ejército de personas bien entrenadas, siguiendo protocolos estrictos y rutinas precisas para convertir datos brutos de campo en señales más o menos complejas que permiten interpretar fenómenos que de otra manera serían ininteligibles. Me imagino también las salas enloquecidas de las bolsas de valores y decenas de personas revisando la estabilidad o volatilidad de las inversiones en decenas de pantallas, y millones de datos volando por la red, enlazando los volúmenes de la cosecha de papa esperada de una localidad en Turmequé con los de otra en Villapinzón y los que ofrecen los exportadores de quien sabe dónde, y que definirán qué clase de ajiaco podría estar comiendo en un mes. 

Me imagino también las sesiones de la junta del Banco de la República debatiendo la conveniencia de subir o bajar las tasas de interés, las sesiones de las instituciones reguladoras de tarifas de cualquier cosa, y el análisis de los riesgos e implicaciones de las decisiones de política monetaria, sabiendo que pueden desencadenar quiebras, movimientos de protesta, guerras incluso. También me imagino el ejército de personas trabajando para el censo agropecuario, y para el próximo censo de población: recuerdo a mis papás reclutados por el Dane como censores (¿censantes?) ocasionales, responsables de encuestar casa por casa a los habitantes de algún barrio. No hay nada parecido en medio ambiente, y eso que hablamos de garantizar la persistencia y calidad de los procesos vitales…

En mi trabajo cotidiano en ecología, me encuentro con que no disponemos, ni de lejos, de un equivalente de datos, cifras e indicadores acerca del estado de la vida en el país, expresada en su biodiversidad y los servicios que nos presta (oferta de recursos silvestres, regulación hídrica, polinización de cultivos, regulación de fertilidad y formación de suelo, captura de carbono o retención de contaminantes, entre cientos). Y no es vacío de poca monta: comenzamos a entender que un buen servicio meteorológico es fundamental para el manejo del riesgo climático, y aun así, el Ideam tiene grandes dificultades para enviar señales confiables de fenómenos poco confiables, como son las pataletas y transiciones de género del “Niño”.

También luchamos con la credibilidad de la información y su uso cotidiano para orientar la toma de decisiones: menos cálculo y más estadística en la educación, reclamaba hace unas semanas un columnista en El Espectador, ante el evidente analfabetismo para interpretar datos agregados y la facilidad con la que construimos ideas totalmente erróneas acerca de fenómenos y procesos. En temas ambientales también somos causa y víctimas de la torpeza (y mala leche) con que extrapolamos información a la ligera y cambiamos de escalas: cada individuo es el centro del universo (cierto en su conciencia), pero no puede pretender que el universo se comporte como él… Un derrame de petróleo de 100 litros da lo mismo que uno de 100 barriles, 100 chigüiros son lo mismo que 100.000: no importa la dimensión de nada, los umbrales de variabilidad de nada, el contexto que define el valor de indicación. Confundiendo fenómenos, números y unidades, se hace eco de los astutos que pescan en río revuelto y venden “modelos” interesados donde extrapolan el comportamiento del agua en su finca con el del toda la cuenca del Orinoco. O aseguran que los científicos inventan páramos donde no los hay, borrando de un plumazo y a su conveniencia décadas de investigación. Lo hacía el CEO de la Exxon, fomentando campañas de desprestigio a los expertos en cambio climático.

El análisis de tendencias se confunde con predicciones agoreras y la búsqueda del número del chance en el caparazón de una tortuga: los datos de nuestras pesquerías o extracción forestal son pobrísimos y no tenemos idea del tamaño de los stocks, por lo cual asignamos cuotas “a ojo” (del comerciante, por supuesto).  Y si tardamos décadas tratando de tener buenos datos de deforestación, vemos que nadie distingue entre una hectárea de un kilómetro cuadrado, la tasa anual del promedio. Qué esperar de las cifras de riqueza o extinción de especies. Con eso aspiramos a ser reconocidos como país Ocde.

Algún día un diario de prestigio tendrá una página, mensual al menos, con datos e indicadores ambientales confiables, y quienes la lean los entenderán, de manera que podamos debatir al menos su correlación con el resto de información económica y social y proyectar mejores escenarios de desarrollo. ¿Qué gobernante se atrevería a tomar decisiones sin ello?