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Pasar un domingo en la famosa playa carioca es un privilegio inesperado, pues renueva la esperanza en la humanidad. Es un destello de nuestra capacidad de convivencia, evidente en las 80.000 o más personas que, solo en esta parte de la ciudad, convergen cada fin de semana para compartir, semidesnudas, un día de esparcimiento. Para muchas, también es un día de trabajo: hay decenas de vendedores ambulantes y oferta de toda clase de comida, queso asado a $30.000, cerveza en la carpa, droga susurrada y, por supuesto, las gafas. Nada falta en un espacio tan inmenso como atiborrado, donde, para completar, docenas de grupos de amigos se ubican en la línea de marea para jugar con pelotas brillantes, creando un aspecto de colonia de pingüinos o focas en actividad febril. El voleibol de playa cierra la otra frontera de arena, junto al malecón. Mi IA calcula que estos buenos hábitos representan una economía de entre US$2 millones y US$4 millones cada fin de semana, sin contar los ahorros en salud mental, siempre difíciles de monetizar.
Guinness reporta cerca de 2,5 millones de personas asistiendo simultáneamente a la celebración de Año Nuevo en la playa vecina de Copacabana, más extensa y famosa por haber acogido conciertos gratuitos —pagados por la Alcaldía— como los de Rod Stewart, los Rolling Stones, Madonna, Lady Gaga y, por supuesto, el más reciente de Shakira. La administración de la ciudad tiene tal vez una de las mayores experiencias en gestionar eventos colosales sin que estalle una guerra civil. Y no es porque “el pueblo” quede anestesiado con circo de tanto en tanto: es que nos gusta divertirnos en manada, a veces demasiado apretujados para mi gusto, pero increíblemente multicolores y diversos.
Nada como un carnaval o, para no ir tan lejos, un domingo de playa para salir del parroquialismo y entender nuestra materialidad primate, elevada a lo sublime en la búsqueda de la belleza y el placer de compartirla con respeto, donde hay tanta piel descubierta y tanto despliegue de presencia. Y tantas inversiones en ello: una mala estimación me lleva a calcular gastos anuales en cabello cercanos a US$70 por persona en Brasil, famoso por su economía masiva del cuidado capilar. Es cierto que en EE.UU. y Francia es más grande, pero por tratarse de mercados de lujo.
Pienso muchas cosas sobre la convivencia masiva y orgánica, al menos esporádica, que nos deparan la demografía y el amor al arte y a la diversión. Somos la única especie del planeta y del universo conocido que conscientemente obtiene energía del sistema para gastarla en rumba; no suena adaptativo. “Buen vivir”, dirían mis amigues bienpensantes, aunque a veces con el doble rasero de quien proclama la alegría de la austeridad mientras anhela en secreto la ficción de cierta prosperidad.
Según el Censo de 2010, católicos y evangélicos representaban alrededor de 75% de la población de Río. Imagino que en la playa pueden ser un poco menos, con tanto turista descreído. Pero no hay modo de saberlo en medio de la multitud: en tanga todas somos iguales, chiques de Ipanema. O simplemente gente, “gentchi”, como dicen dulcemente acá para dirigirse a la manada, sin horrorizar a quienes no soportan el lenguaje incluyente; siempre sonrientes.
Debemos conseguir que nuestro mensaje pueda ser comprendido, verificado y correctamente sintetizado por los agentes de IA
La tasa de cambio no debe convertirse en una obsesión; debe entenderse como un espejo. Lo importante no es la imagen que devuelve hoy, sino la realidad económica que refleja