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Ambientes radicales

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En vísperas de un año que parece traernos un “Súper Niño”, es decir, una anomalía climática extrema que tiene un 85% de probabilidades de quedarse hasta mayo de 2016 (http://www.cpc.ncep.noaa.gov/products/analysis_monitoring/lanina/enso_evolution-status-fcsts-web.pdf) hay que hablar de oscilaciones extremas cada vez más recurrentes como el escenario “normal” de planificación.

La ausencia de patrones climáticos que puedan ser incluidos en los ciclos de funcionamiento del Estado hace que a los gobernantes no les quede más remedio que rezar para que no les toque un evento extremo que les desarregle la agenda (el promedio actual entre inundaciones es de 7,6 años desde 1950). Alcaldes, gobernadores y miembros de cuerpos colegiados deben hacer un gran esfuerzo para utilizar su instinto adaptativo, pues hacer promesas electorales en condiciones de alto riesgo es cada vez más costoso y las obras ejecutadas para paliar efectos de La Niña, ahora exacerban la sequía.

La alternativa, matar al mensajero y adjudicar la culpa a los científicos, “incapaces” de predecir el futuro con certeza. El Ideam cambiará así su labor pedagógica por la defensa jurídica, pues los planificadores, al exigir garantías de pronóstico imposibles, acaban promoviendo el clientelismo académico que compite por los cargos.

Los escenarios climáticos son cada vez más perturbadores porque no pueden tratarse como tendencias inerciales: la acumulación de los cambios que vemos hoy desembocará en comportamientos caóticos que persistirán hasta tanto no se alcancen nuevos niveles de estabilidad, lo que puede tomar décadas o siglos. Lo que amenaza destruir nuestras economías y orden social no es el calentamiento derivado del CO2 en la atmósfera, sino la respuesta homeostática del planeta para acomodarse a unas condiciones físicas y químicas que no experimentaba hace 40 millones de años. Así, hemos de hablar del Caos Climático como condición de la Era del Antropoceno.

La variación estacional del nivel de los ríos ecuatoriales podría ayudarnos a ajustar respuestas culturales a algo que se asemeja un poco a eso: las comunidades locales en el sureste asiático, en el valle del Magdalena-Cauca y en la región Amazónica organizan sus modos de vida de acuerdo con cada fluctuación del nivel río, adecuando su comportamiento y sus prácticas productivas a las tendencias de aguas subiendo/bajando, discontinuas y poco predecibles. En la memoria de los viejos hay una diagnosis para cada situación, así sea extrema, pero no dogmas ni un plan de emergencia: lo que viene es único cada vez y se debe afrontar con base en la experiencia acumulada (la anomalía somos los humanos). 

En contraste, las civilizaciones industriales se enorgullecen de haber dotado a sus ciudadanos con ciertas regularidades, confianza en la Ley y en las instituciones, basadas en su persistencia, pero el modelo hace crisis: la adaptabilidad se alimenta de lineamientos y principios de flexibilidad e innovación de los que carece el Estado, no de normas paralizantes. Como dice el aforismo, justo cuando teníamos las respuestas, cambiaron las preguntas.

La gobernanza del Caos Climático necesitará de nuevo sabiduría en las sociedades, no el rasero mínimo de sus capacidades técnicas. Las altas cortes, el poder ejecutivo y los organismos colegiados deberán flexibilizar los códigos y volver al sentido común, la ilustración, el debate. Colombia tiene ventajas: lleva décadas navegando el caos, bastaría sacar lecciones de ello.
 

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