“Tan eficaz fue la cuarentena, que llegó el día en el que la situación de emergencia se tuvo por cosa natural y se organizó la vida de tal modo que el trabajo recobró su ritmo”. Así narra García Márquez el desenlace que tuvo la peste del insomnio, uno de los episodios más famosos de Cien años de soledad.

No es difícil encontrar cierto paralelismo entre esta ficción y la situación actual que vivimos por el covid-19, pues gran parte de los esfuerzos están orientados a que la actividad económica recobre su ritmo normal.

El reto es organizar la vida de tal forma que el motor económico siga funcionando, pero garantizando que se minimice el riesgo de contagio. Y aquí, uno de los problemas centrales es el funcionamiento de los sistemas de transporte público, pues sabemos que uno de los principios por el que se ha orientado el diseño de estos es la economía de escala; según la cual, cierta aglomeración de pasajeros es deseable para las finanzas del sistema.

Sin embargo, con la aparición de este virus, tal paradigma debe ser reevaluado, lo que supone una verdadera revolución en la forma cómo estamos planeando nuestras ciudades.

La situación de los sistemas de transporte público es crítica porque la obligatoria reducción de la demanda afecta su estabilidad financiera. Para un observador desprevenido, la situación sería de fácil solución, pues se podría pensar que si la demanda baja, la respuesta lógica sería reducir la oferta, es decir, el número de buses o trenes que circulan y con ello se reducen los costos operativos.

Pero, la solución no es así de simple por una razón física: necesitamos mantener, al menos, el mismo número de vehículos para garantizar el distanciamiento social.

Ante un panorama incierto la pregunta que surge es ¿qué solución hay? La respuesta es compleja, pero para empezar podemos hablar del principio de subsidiariedad. Se requiere que, al menos durante la crisis, las ciudades suplan el déficit de ingreso por falta de recaudación en las taquillas.

De hecho, en situación normal, en países desarrollados el subsidio al transporte público es frecuente, llegando a cubrir más de 50% de sus costos operativos.

No obstante, hay que decir que destinar recursos para este fin supondrá sacrificar fuertemente la inversión en otros sectores y, tal vez, en el contexto de las ciudades colombianas esto no resulta viable a largo plazo.
Por tanto, la solución debe estar orientada a incrementar el número de pasajeros que pueden viajar con las condiciones de seguridad requeridas. Es decir, necesitamos rediseñar las estaciones, los espacios interiores de los vehículos e incluso el vestuario de los pasajeros. Por ejemplo, podría evaluarse la reducción de sillas en los buses y la implementación de trajes de bioseguridad para abordar.

En medio de este caos, algo está claro, la bicicleta se afianza como un medio de transporte seguro y eficiente en los entornos urbanos. Quizás esta pandemia sea el “detonante” que hacía falta para dar este giro.