Y no me refiero al huracán o a la selección. Un sector del periodismo de opinión estalló en cólera con la salida de María Jimena Duzán de la Revista Semana -periodista que después de defender a capa y espada a Samper durante el proceso 8.000- se convirtió en el faro moral de la opinión pública en Colombia.

Fue tal la indignación de sus colegas, que la siguieron en desbandada toda la vieja guardia de la revista, desde Antonio Caballero, Rodrigo Pardo y Ricardo Calderón, hasta el presidente de Publicaciones Semana, Alejandro Santos. Crónica de una muerte anunciada. Puede ser cuestionable el estilo periodístico de Vicky Dávila y las decisiones que tome el nuevo dueño sobre el futuro de la revista, pero ya era hora que alguien le moviera el butaco a la realeza criolla y abriera un espacio de opinión a otra forma de pensamiento.

No voy a especular sobre cual fue ‘el florero de Llorente’, pero es claro que Vicky Dávila se había convertido en la piedra en el zapato por atreverse a cuestionar al Nobel de paz y salirse del libreto para defender a Álvaro Uribe. Tampoco entiendo por qué otros colegas salen a cuestionar con tono inquisidor el nombramiento de Vicky en la dirección de la revista.

Independiente de su estilo y si la apuesta por lo digital va ser el futuro de Semana, nada mejor para el periodismo colombiano que la llegada a la dirección de una mujer, de carrera, hecha a pulso y que de una forma u otra ha pasado por todos los medios de comunicación, liderando en sus respectivos segmentos.

Se acusa a Gabriel Gilinski de querer acabar con el legado de Felipe López. Muy por el contrario, deberían aplaudirlo por ser la primera persona que se atreve a desafiar el yugo de poder y de opinión que nos impusieron los López y los Santos desde principios del siglo pasado. Nos llevan gobernando por más de 100 años y sus delfines mandando en los medios, y ahora nos escandalizamos cuando un empresario joven millonario compra un medio y decide cambiar de rumbo para apostarle a un nuevo modelo de negocios, nombrando en la dirección a la persona que considera más capaz para lograrlo.

Si tienen un problema con que los empresarios más ricos del país y del mundo sean dueños de los medios de comunicación bien vale ese debate, pero no ataquen a uno de los suyos por el simple hecho de tener la osadía de marchar en contravía de una agenda política progresista, donde se propone con cierto aire lampedusiano, que todo cambie, para que no cambie nada. Eso sí es jugar en contra de la libertad de prensa, la libertad de opinión y del progreso de la gente.

Independientemente de los que está ocurriendo en Grupo Semana, el periodismo mundial está en crisis. Ante la acelerada conectividad de las redes sociales, existe un reto para los medios tradicionales de no caer en la politización y el estancamiento. Sólo hay que observar la política gringa para entenderlo.

Surge entonces una nueva responsabilidad para los medios de comunicación. Ofrecer narrativas y opiniones que informen y mantengan el control político, sin ahondar en la politización y polarización de la sociedad. Necesitamos menos delfines y más líderes que nos saquen de 100 años de soledad y nos pongan en el camino de la diversidad y tolerancia de pensamiento. Amanecerá y leeremos.