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Nuestro entendimiento se ensancha de una manera muy fácil si acudimos al diccionario, costumbre de poco uso, pero absolutamente enriquecedora. El Diccionario de la Real Academia Española define linchar como “ejecutar sin proceso y tumultuariamente a un sospechoso o a un reo”.
Eso, literalmente, es lo que está pasando en nuestra sociedad con las redes sociales, que nos van sometiendo y subyugando de una manera invisible e inconsciente para arrastrarnos a través del simple mensaje, de la emoción y no del raciocinio. Esto nos esclaviza y deviene en un problema estructural antropológico, con consecuencias aún más graves y lesivas cuando se utiliza para hacer linchamiento de personas.
Hoy, un titular, una publicación en alguna de las redes sociales, se vuelve viral y acaba, diría yo, casi definitivamente con el buen nombre, el prestigio, el honor y la vida de una persona sin que medie realmente un análisis de fondo de la situación y mucho menos un debido proceso, como debería ser.
Es común ver cómo en estas épocas del acoso y de la protección y enfoque de género se estigmatiza, se acaba, se condena y se destruye la vida y el honor de muchas personas por supuestos casos o acusaciones de este tipo; se les “ejecuta” y sentencia sin un debido proceso. Y no es que esté diciendo ni justificando, bajo ninguna circunstancia, que no deba existir la protección especial a la que tienen derecho las mujeres; todo lo contrario, creo que ese es uno de los grandes avances sociales de estos tiempos y debe mantenerse y promoverse, pero esto no puede prestarse para lo que se podría llamar las ejecuciones públicas y sumarias.
Esta es una nueva forma de violencia, la condena en redes sociales, tal vez la más grave, virulenta y epidémica en estos días. Si bien existen mecanismos jurídicos de protección, estos, por obvias razones de trámite y tiempo, resultan absolutamente insuficientes, inadecuados y tardíos.
No hay razón para que se ejerza una violencia injustificada de esta manera, y la califico así porque, gústenos o no admitirlo, la violencia es connatural al ser humano; eso no significa que sea buena, pero tampoco podemos caer en la quimera o falsa ilusión de negarla. Hay violencia -fuerza, coacción, dureza- que es necesaria y justificada: aquella que se ejerce como castigo dentro de un Estado de derecho, o como sanción, previo agotamiento del debido proceso y respetando el derecho de defensa y la presunción de inocencia de la que todos debemos gozar.
No deja de llamar la atención la cantidad de personas, anónimas y gente del común, afectadas y destruidas en su buen nombre y con un daño especialmente moral casi indeleble, por denuncias de acoso magnificadas y “juzgadas” en redes. Hemos visto lo que ha pasado con los periodistas que han estado envueltos en estos temas este año; no conozco a ninguno de ellos ni sus casos, no me interesa defenderlos, pero tampoco me parece justo el tratamiento y el repudio social inmediato que se les ha dado por denuncias que, de ser ciertas, merecen toda la sanción y castigo, pero que deben, sí o sí, ser investigadas en debida forma y no sancionadas por la alharaca o por el impacto mediático que tienen.
Como dice Mauricio García Villegas en su libro 'Antes de perder el juicio', “la sociedad del entretenimiento no está hecha para hablar, mucho menos para aprender o para entender lo que pasa”, y esto, que suena apocalíptico pero es brutalmente cierto, se traduce muchas veces en linchamientos, devolviéndonos a las épocas más primitivas y salvajes de nuestra especie.
No puedo imaginar cómo podrían ser los controles, porque la tecnología y el grado de intromisión y sumisión indetectable e indiscriminada nos ahogan y envilecen más cada día. Es paradójico: cuando por la facilidad de acceso a la información deberíamos tener mayor capacidad de raciocinio, sucede todo lo contrario.
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