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Analistas 26/08/2021

Shambolic!

Andrés Caro
Analista

The Economist describió la salida de Estados Unidos de Afganistán como “shambolic,” una palabra que yo no conocía, y que significa “caótica”, “desastrosa” o “desquiciada”. El New York Times dijo algo parecido: que si bien la salida era necesaria, no debió hacerse de una forma tan caótica. Periódicos y publicaciones liberales, centristas y conservadoras han cuestionado a Biden, que sigue sin reconocer su error y cuya reputación de “líder más experimentado”, de “líder mundial por encima del bien y del mal”, ha sufrido su golpe más duro, en parte por la debilidad, ya mencionada en esta columna, de su política exterior. Y es que es verdad que la salida fue muy chambona y muestra cosas sobre la posición aislacionista de Estados Unidos, una especie de gigante dormido que se sabe fuerte, que se dice fuerte, pero que ha decidido no usar su poder en el mundo, dejándole la vía libre a regímenes no menos problemáticos.

Pero ¿qué fue lo tan malo que hizo Estados Unidos? Es posible que la cadena de errores haya empezado con la invasión misma y con el fracaso de los invasores de construir instituciones estatales sólidas y unas fuerzas armadas resilientes, al tiempo que violaban derechos humanos de forma sistemática. Esto se debe tanto al modelo de la invasión (basada no solo en el ejército gringo sino en contratistas de seguridad y de logística, lo que creó incentivos para que la invasión siguiera y para no crear capacidades locales) como en el abandono de la población rural afgana, lo que permitió los avances recientes de los talibanes.

Algo que sí permitió la invasión, y en esto debemos ser crudos y claros, fue en construir una clase media fuerte y con valores liberales en las ciudades más grandes de Afganistán: son esas personas las que hoy están marchando, sintiéndose abandonadas por Estados Unidos y traicionadas por su líder, quienes han podido acceder a la educación, han aprendido a leer y a escribir, y han abierto negocios que las personas que conocen Kabul dicen que han transformado la ciudad en 18 años.

Estados Unidos ya había empezado una misión de evacuación que, si bien sin mucha estrategia, no estaba funcionado del todo mal. De los 100.000 soldados que tenía en 2011, en 2017 tenía 10.000, en una misión conjunta de la Otan. Sin embargo, la impopularidad de la “guerra contra el terror” en la opinión política estadounidense ha forzado a los candidatos y a los presidentes a tomar decisiones precipitadas que han terminado en este desastre. Así, Obama -quien se opuso siempre a la guerra como senador- debió incrementar el número de tropas, mientras que Trump decidió anunciar la evacuación y negociar un acuerdo de paz con los talibanes en febrero del año pasado. El acuerdo estableció una línea de tiempo para la evacuación de nueve meses y cambió 5.000 prisioneros talibanes por 1.000 secuestrados por los talibanes. Estados Unidos se comprometió a irse y dejarle un país de casi cuarenta millones de habitantes a una fuerza islámica de menos de 10.000 a cambio de que los talibanes se comprometieran a no permitir el terrorismo. La ingenuidad del gobierno de Trump fue casi criminal.

Biden se equivocó en seguir los plazos del acuerdo de Trump. Lo hubiera podido desautorizar y volver a sentar a su gente, y a toda la Otan, con los talibanes. Un acuerdo de paz era importante y necesario. Así lo mostraron los llamados “Papeles Afganos”, que el Washington Post publicó en 2019 y que muestran la crisis de confianza del ejército gringo. Sin embargo, mostrando que sus 10.000 tropas eran suficientes para soportar al ejército afgano y a sus instituciones, Estados Unidos hubiera podido pactar otras cosas, como el ingreso de los talibanes como partido político dentro del sistema afgano, promover una asamblea constituyente plural, y el establecimiento de una misión armada permanente de la Otan en Afganistán a la que la fuerza aérea afgana estuviera sometida.

Quizás lo más peligroso de la evacuación es el mensaje que Estados Unidos les está enviando a sus aliados. Es cierto que no quisiéramos que Estados Unidos fuera el policía del mundo, pero también es claro que es mejor un policía malo a uno peor. Aunque no nos gusten las invasiones, es mejor que, cuando un país invada y destruya, haga todo lo que está en su poder por reconstruir lo que rompió, dejando instituciones y protegiendo los derechos humanos de los niños, de las niñas y de las mujeres, y no dejando todo botado por la voluntad de dos irresponsables. Aún más importante, es clave que un país cumpla su palabra y que le cumpla a sus aliados. La gran estrategia de Estados Unidos ha vuelto a sufrir un golpe, esta vez de credibilidad.

Humberto de la Calle comparó la situación de Afganistán con la de Colombia. Habló de un “territorio quebrado”, de narcotráfico, y de “larga actividad guerrillera”. Creo que la comparación es un error en esos términos. Lo que es interesante es comparar un acuerdo de paz exitoso, que sometió a una guerrilla a un sistema político y económico a cambio de prebendas y beneficios pequeños y mezquinos, y un acuerdo de paz que desmanteló la legitimidad de todas las instituciones, y que le entregó un país de cuarenta millones de personas, y su futuro y su destino, a unos radicales y asesinos.

Nota: en una columna anterior dije que las Farc le habían puesto a una mujer un collar bomba en el año 2000. Un lector me corrigió, y me guió a los recursos de fact-checking de las Rutas del Conflicto y Colombiacheck, que muestran que se trató de un evento atroz de delincuencia civil.