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Analistas 20/05/2026

La última vez en Venezuela, fui a enterrar a mi abuelo. Esta vez, volví para emprender

Ami Spiwak
Cofounder & director de crecimiento del neobanco colombiano Qash

La última vez que estuve en Venezuela, hace diez años, vine a enterrar a mi abuelo.

Era el último miembro de mi familia que aún vivía en el país. Su cementerio quedaba cerca de la cárcel de Tocuyito, uno de los complejos penitenciarios más notorios de Venezuela. Todo el mundo conocía la regla no escrita: había que hacer lo que se tuviera que hacer antes de que cayera la tarde. La zona se volvía peligrosa al anochecer. A los reclusos los dejaban sueltos al caer el sol.

Así que lo enterramos rápido.

En ese mismo viaje, comprar un six pack de cerveza requería una mochila llena de efectivo. La inflación había vuelto el dinero algo físicamente absurdo. No llevabas billetes en la billetera. Los cargabas como si fueran mercancía.

Esa era la Venezuela que recordaba: miedo, efectivo en mochilas y la sensación de que el país había caído en algo parecido a la anarquía.

Durante más de una década, no regresé.

No porque dejara de importarme. Nací y crecí en Venezuela. Mi familia se mudó a Colombia a comienzos de los 2000, como tantos otros que se vieron obligados a rehacer su vida en otro lugar. Luego estudié en Estados Unidos y en Europa, construí mi carrera a través de distintas geografías y eventualmente me convertí en cofundador de Qash, una fintech con base en Estados Unidos que desarrolla infraestructura de pagos impulsada por dólares digitales para América Latina.

Pero Venezuela se convirtió en un lugar que muchos aprendimos a querer a la distancia: a través de historias familiares, grupos de WhatsApp, amistades de toda la vida, nostalgia, rabia y duelo.

Nunca perdí la esperanza en mi país. Pero durante mucho tiempo no logré ver la luz al final del túnel.

Volver a Caracas para Venezuela Tech Week cambió algo en mí.

No porque Venezuela esté arreglada de repente. No lo está. Cualquiera que diga eso es ingenuo o está vendiendo algo. La inflación sigue proyectándose alrededor de 400% este año.

Pero la Venezuela a la que regresé no era la misma que había congelado en mi memoria.

Al menos en Caracas, la caída libre parece haberse detenido. La ciudad se sentía más limpia y ordenada de lo que esperaba. Los carros se veían más nuevos. Restaurantes y tiendas estaban bien abastecidos. El comercio volvía a moverse. Había energía en el ambiente.

La parte más importante del viaje no fue el escenario de la conferencia. Fueron las conversaciones.

Conocí emprendedores, banqueros, académicos, periodistas y personas intentando reconstruir piezas del ecosistema financiero y tecnológico de Venezuela desde adentro. Algunos eran viejos amigos que no veía desde hacía 15 años. Otros eran conexiones nuevas. Todos reflejaban la misma contradicción: Venezuela sigue siendo profundamente incierta, pero ya no está dormida.

Hay talento. Hay ambición. Hay fundadores construyendo a pesar de años de aislamiento. Hay emprendedores que entienden la volatilidad, la escasez y la improvisación financiera mejor que casi nadie.

Pero nadie es ingenuo.

Toda conversación seria termina volviendo a lo mismo: confianza. Garantías legales. Estado de derecho. Protección al inversionista. Derechos de propiedad. Todo el mundo tiene una historia: una empresa expropiada, una tierra arrebatada, alguien que terminó preso por decir lo incorrecto, un negocio que aprendió por las malas que las reglas podían cambiar de la noche a la mañana.

Esa es la tensión que Venezuela tiene que resolver si este nuevo capítulo quiere ser algo más que un rebote temporal.

Y también es la razón por la que el país importa.

Venezuela no es simplemente otro mercado emergente. Fue, en su momento, uno de los países más ricos de América Latina, con capital humano de clase mundial, enormes recursos naturales, instinto comercial profundo y una población históricamente conectada con los mercados globales.

Luego vino uno de los colapsos económicos más dramáticos de la historia moderna. La economía venezolana se contrajo aproximadamente 75% en los últimos 15 años. Ese colapso destruyó empresas, ahorros, instituciones y confianza. Pero también significa que el potencial de recuperación, incluso parcial, es enorme.

Cuando una economía cae tanto, la oportunidad no es abstracta. Aparece en cada proceso roto, en cada servicio inexistente, en cada empresa que no puede acceder a herramientas financieras básicas, en cada emprendedor que necesita recibir pagos del exterior y en cada negocio que intenta reconectarse con proveedores, clientes, inversionistas y mercados fuera del país.

Analistas venezolanos proyectan crecimiento de doble dígito del PIB este año. Después de años de contracción, el país intenta crecer otra vez.

Ese espacio entre el colapso y la recuperación es donde la tecnología puede marcar la diferencia.

Venezuela es un país donde la gente aprendió, por necesidad, a pensar en dólares, ahorrar en dólares, fijar precios en dólares y usar herramientas informales o digitales para proteger valor. Mucho antes de que los “stablecoins” se convirtieran en una categoría fintech sofisticada en Nueva York, Londres o San Francisco, los venezolanos ya entendían el problema que estaban tratando de resolver.

Esa historia es parte de por qué construimos Qash.

Vivir una hiperinflación cambia para siempre tu relación con el dinero. Entiendes lo que significa cuando tu moneda deja de funcionar. Entiendes qué pasa cuando ahorrar se vuelve imposible. Entiendes que el acceso a infraestructura financiera estable no debería depender de la geografía.

Qash nace de esa convicción.

Hoy, Qash ayuda a empresas en toda América Latina a acceder a cuentas en dólares, mover capital de forma más eficiente y simplificar operaciones transfronterizas usando infraestructura basada en dólares digitales. Volver a Venezuela hizo que esa misión se sintiera menos abstracta.

Allí, la necesidad es inmediata. Las empresas necesitan pagar proveedores. Los emprendedores necesitan recibir dinero de clientes en el exterior. Las compañías necesitan reconectarse con mercados internacionales después de años de sanciones, aislamiento bancario y alto riesgo país.

Para startups en Estados Unidos y Europa, la reapertura de Venezuela representa una oportunidad real. Es un mercado subdesarrollado.

Pero la oportunidad por sí sola no basta. Las startups e inversionistas extranjeros necesitan claridad, contrapartes confiables, estabilidad regulatoria y protección legal efectiva. Venezuela no puede reconstruir la confianza con consignas. Tiene que hacerlo con instituciones, contratos, transparencia y reglas consistentes.

Esa es la línea que el país tiene que caminar ahora: abrirse sin pretender que el pasado no ocurrió.

La última vez que vine a Venezuela, vine a enterrar al último miembro de mi familia que vivía aquí.

Esta vez, regresé como cofundador de una empresa construida, en parte, gracias a lo que Venezuela me enseñó: que el dinero puede fallar, que las instituciones pueden romperse y que las personas siempre van a encontrar maneras de proteger su trabajo, a sus familias y su futuro.

No creo en romantizar la recuperación de Venezuela.

Pero tampoco creo en descartarla.

Por primera vez en mucho tiempo, sentí que quizás —con cuidado, de forma imperfecta y con los ojos bien abiertos— Venezuela está lista para empezar a escribir algo nuevo.

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