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Analistas 25/06/2022

¿Por qué te quejas?

Alfonso Aza Jácome
Profesor de Inalde Business School

Hace varios años fui testigo, desde la distancia, de un atentado terrorista en el que hubo algunas víctimas mortales. Tras el caos que se generó después de la explosión, surgió un paisaje desolador con varios heridos que trataban de levantarse en medio del polvo y los escombros, mientras se esforzaban por entender qué había pasado. Al poco tiempo, aparecieron distintas personas que se acercaban recelosos y expectantes al lugar de la explosión. Recuerdo, por el contraste de sus conductas, a dos de esos hombres: el primero era un sujeto grande y voluminoso que gritaba y se agitaba profiriendo insultos contra los presuntos autores del brutal atentado; el otro, era un personaje pequeño y enjuto que se movía en silencio, parecía buscar heridos entre los escombros, hasta que localizó a alguien, particularmente grave, al que le dedicó toda su atención y cuidados mientras llegaban los primeros auxilios.

Ambas reacciones son perfectamente entendibles. Sin embargo, las quejas en los momentos críticos no son más que un lamento estéril y solo sirven para soliviantar los ánimos de los que están alrededor. La queja proviene de la profunda frustración que sentimos al ver que lo que esperamos que ocurra no se produce y, por eso, nos colocamos en el papel de “víctimas”, robando la atención de los demás y buscando su compasión o lástima sin merecerlas. Al quejarnos, también tratamos de descargar la culpa en algo o en alguien; es un mecanismo de defensa que nos ayuda a eludir nuestra propia responsabilidad. Incluso, es posible que la queja nos impida darnos cuenta de que, cuando hay algo que no funciona, nosotros mismos podemos ser los causantes de esa situación.

Por otra parte, se denomina “falacia de justicia” a una disfunción cognitiva de las personas que ven exclusivamente las injusticias de la vida y consideran el mundo como un lugar donde solo ocurren tragedias sin sentido: guerras, hambre, desastres… La vida de esas personas se centra en este tipo de sucesos y solo recuerdan lo negativo. Además, la conducta quejumbrosa no solo es desagradable para los otros, sino que también es contagiosa.

Sin embargo, el sentido de la vida no puede ser convertirse siempre en víctima de cuanto acontece a nuestro alrededor. Al pasar por una situación difícil, hace falta la fortaleza para reconocer y aceptar lo que está sucediendo. No podemos permitir que esa realidad nos abrume y angustie. Es el momento de dejar pasar lo que pudo ser y no fue. Ahora hay que meditar con esperanza en lo que vendrá. Por eso se hace necesario retomar el control de la propia vida para ser el protagonista y pasar a la acción.

Para luchar contra las quejas puede ser recomendable un ejercicio muy simple que consiste en contabilizar cuántas veces al día nos quejamos, sobre qué o quién lo hacemos y cuántas de esas quejas son caprichosas y nos las podríamos haber ahorrado. De otra parte, cuando escuchemos quejas a nuestro alrededor, en vez de hacernos cómplices compadeciéndonos de esa injusta situación, reforzando el papel de víctima del que se queja, podemos optar por hacer a esa persona una sencilla pregunta: ¿qué se te ocurre que deberíamos hacer para cambiar esto? Y, de esta manera, dirigimos su atención hacia su propia responsabilidad o, como mínimo, evitamos que se siga quejando.

Así que, cuando haya contradicciones, no te dejes “petrificar” por las quejas propias o ajenas.

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