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Manejar la incertidumbre

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Aldo Civico - aldo@aldocivico.com Antropólogo y estratega de liderazgo

“Uno calcula cosas, pero la pandemia dicta otras”, me dijo un amigo en estos días, resumiendo con estas palabras la condición de incertidumbre total en la que vivimos. Hay quienes dicen que dentro de poco todo va a regresar a la normalidad. Otros, que también son escuchados como expertos, dicen que no vamos a salir de esta situación hasta finales del 2021.

Hay quienes dicen que el virus ya no es agresivo, mientras que otros juran que estamos a puertas de una segunda ola devastadora. Hay millones de personas alrededor del mundo que están viviendo como si ya hubiéramos vencido al virus. No faltan los amantes de teorías conspiratorias que aseguran que todo esto es un invento de poderes oscuros para controlar al mundo.

La verdad es que vivimos en una situación de incertidumbre penetrante y que nos toca a todos, de manera universal y simultánea. Me he encontrado varias veces en situaciones de incertidumbre en la vida, pero la mayoría de las veces estas situaciones fueron escogidas y hasta deseadas.

Pero nunca como en estas semanas me he encontrado en una situación donde no tengo datos suficientes para tomar decisiones racionales, y hasta siento que me está fallando la intuición. Una decisión tomada hoy, puede tornarse inútil y hasta dañina mañana. Por eso, estoy viviendo esta experiencia cómo un experimento en el manejo de la incertidumbre.

De esta manera he notado algunas cosas sobre mí. Por ejemplo, que cuando percibo frustración o preocupación es porque hay una parte de mí que lucha en contra de la realidad presente, porque se niega a aceptar lo que hay. Siento una resistencia interior porque me gustaría que la realidad externa fuese distinta.

Me niego a ver lo que tengo en frente, y así descarto hasta la poca información que la realidad me presenta. Cuando estoy en este estado mental, la tentación es tomar decisiones basadas en una proyección de deseos y esperanzas. Es una forma sutil de denegación. En realidad, repensarnos y adecuarnos es una experiencia que puede ser dolorosa. Se necesita mucha disciplina y cordura para superarla.

He notado también que la frustración y la preocupación disminuyen cuando en lugar de resistir, simplemente acepto lo que hay. Se trata de reconocer que la vida nos desafía, y al mismo tiempo aceptar el desafío. Es tener la voluntad de auto-examinarse, de conocerse, de abrazar la verdad. Es aceptar que en la vida no hay atajos.

Escribe el teólogo Sam Keen, “La conciencia de lo que se me presenta implica un doble movimiento de atención: silenciar lo familiar y acoger lo extraño”. La vida es sufrimiento, decía el Buda y aceptar esta realidad, en lugar de evitarla, abre a la trascendencia, al crecimiento, a la evolución. La vida encuentra su significado cuando resolvemos problemas.

Es cuando aceptamos, en lugar de resistir, que tenemos la calma y lucidez necesarias para crear, para tomar decisiones, aún si son imperfectas. Esto requiere voluntad y disciplina para mantenernos centrados y abiertos aún en la incertidumbre. Es al entrenamiento de vida a lo cual esta pandemia me está invitando.

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