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Índice Confianza del Consumidor.
Mientras algunos sentimos preocupación por la viabilidad financiera del país, es decir, por la capacidad del Gobierno para pagar toda la plata que debe, lo cierto es que no mucha más gente comparte dicho sentimiento. Miremos tres realidades interesantes.
Primero, los consumidores. La encuesta más seria sobre el tema, preparada mensualmente desde 2001 por Fedesarrollo, muestra que su optimismo se ubica hoy en el 30% más alto del último cuarto de siglo y que el guarismo no ha hecho sino subir en los últimos años (gráfico 1).

Segundo, el precio de diversos activos, empezando por la moneda misma y pasando por las acciones, viene subiendo, cosa que implica algo muy similar e igualmente contrario a nuestras preocupaciones. En el gráfico 2 se observan dos índices anclados en 100 en enero de 2023 -la tasa de cambio y el Colcap-, junto con el ICC anteriormente analizado. El punto es claro: el precio de los dos activos ha subido de manera importante durante estos años, junto con la confianza de los consumidores.

Tercero, otra manera de ver la asimetría es estimando, con base en precios de mercado, la probabilidad de default de nuestra deuda pública. Para hacerlo, me pongo en el lugar de un comprador de deuda colombiana y me pregunto qué está implicando el hecho de que haya un diferencial con respecto a la deuda de Estados Unidos.
Voy a simplificar enormemente las cosas y a suponer que dicho diferencial solo mide el riesgo de default colombiano. Usando este supuesto, sin duda voy a sobreestimar la verdadera probabilidad de default, porque el diferencial incluye varias cosas importantes, como la diferencia en la liquidez de los instrumentos específicos y el mismo riesgo que tiene la deuda de Estados Unidos, pero al menos ubico un techo comparable en el tiempo.
El gráfico 3 muestra el resultado.

Lo importante es que el resultado reconfirma la asimetría entre analistas y mercados: la probabilidad de default, o, mejor, su techo, es hoy de un poco más de 3% y viene en caída desde comienzos de 2025.
Lo importante es subrayar un hecho claro: en Colombia existe una asimetría real y crónica entre la percepción de que hay un lío financiero grande y en plena cocción, de un lado -percepción que yo comparto-, y la tranquilidad en la que transcurre el día a día de los mercados, del otro.
Esta asimetría no puede ser eterna: se tendrá que dirimir más temprano que tarde y, como en cualquier hogar, tras maromas y malabares, los flujos de gasto tendrán que volver a guardar consistencia con la realidad de los ingresos disponibles.
En un contexto de tanta tranquilidad, incluso creciente, sería muy ingenuo suponer que un programa de ajuste financiero ambicioso, con la intranquilidad que ello conllevaría, tenga la más mínima posibilidad de lograr la aceptación democrática requerida para salir adelante. Desgraciadamente, como en la fábula del sapo y la olla de agua cada vez más caliente, es de temer que los votos a favor de arreglar la casa, o siquiera la disposición a tener una conversación amplia, representativa y seria sobre los pasos y las medidas requeridos, solo vayan surgiendo cuando de la olla se empiece a percibir un discreto olor a sapo sancochado.
Es uno de los bloques comerciales más influyentes por el tamaño de sus mercados y la profundidad de sus reglas sobre bienes, servicios, inversión, comercio digital y cadenas regionales de valor
Estas no son las únicas decisiones que Colombia necesita, pero sí pueden convertirse en el punto de partida para construir una verdadera visión de país con el horizonte puesto en 2050