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Mientras se consolidan los recursos y las obras para reconstruir tras el terremoto, hay otro derrumbe que debemos evitar: el de familias que pueden perder, junto con su vivienda o negocio, la estabilidad construida durante años. La prioridad son quienes más necesitan ayuda, pero prevenir que otros caigan en la pobreza exige apoyar también a hogares que antes podían sostenerse y hoy ya no pueden. Reconstruir no es solo recuperar paredes; es proteger la posibilidad de sostenerse.
Colombia tiene avances que defender. Según el Dane, la pobreza monetaria pasó de 31,8% en 2024 a 28% en 2025. En ese mismo período, la clase media aumentó de 34,4% a 38% de la población. Sin embargo, otro 30,7% seguía en situación de vulnerabilidad. Salir de la pobreza no equivale a estar a salvo de ella.
Esa fragilidad exige mirar más allá del recibo de servicios. El estrato clasifica inmuebles; no mide el ingreso disponible después de una tragedia. Vivir en estrato 3, 4 o 5 no garantiza tener ahorros para reparar la casa y sostener a la familia. Tampoco convierte automáticamente a sus residentes en clase media. Un hogar puede conservar su estrato y perder su solvencia. ¿Debe empobrecerse primero para que reconozcamos su necesidad de apoyo?
El riesgo también es económico. El Banco de la República identifica el consumo como uno de los motores recientes del crecimiento. Cuando un hogar pierde ingresos, puede recortar compras; cuando un negocio no reabre, pierde ventas y pone empleos en riesgo. Por eso, proteger la recuperación de estas familias beneficia también al tendero, al proveedor y al trabajador. La tarea es restablecer ingresos y actividad productiva, no estimular el gasto indiscriminadamente.
El Ministerio de Vivienda ya anunció que la reconstrucción contempla soluciones para viviendas de estratos 4, 5 y 6. El paso decisivo es que la ejecución mire, además del daño físico, la capacidad real de recuperación. Gobierno y alcaldías deberían evaluar pérdidas, ingresos actuales, patrimonio restante, deudas y cobertura de seguros, incluyendo a propietarios y arrendatarios. La ayuda debe responder a la afectación y la necesidad, no concederse o negarse solo por el estrato. No propongo reponer cualquier patrimonio con dinero público, sino impedir que la emergencia destruya medios de vida.
Con ese diagnóstico, se necesitan apoyos temporales de alojamiento e ingresos para quienes no pueden sostenerse, y financiación para quienes sí pueden pagar. Los bancos pueden ajustar plazos; las aseguradoras, agilizar reclamaciones; los gremios, acompañar la reapertura de pequeños negocios; las empresas, comprar a proveedores afectados y pagarles oportunamente. Una ventanilla local debería orientar a las familias, sin obligarlas a recorrer entidades contando la misma pérdida. Todo apoyo público debe tener plazo, costo definido y controles que eviten duplicidades.
La reconstrucción debe medirse también por familias que recuperan ingresos, negocios que reabren y jóvenes que siguen estudiando. Colombia no puede conformarse con levantar viviendas mientras sus habitantes descienden hacia la pobreza. Recuperar lo perdido importa; impedir que se derrumbe lo ganado es indispensable.
Porque si durante mucho tiempo los directores y las consultoras de comunicación ayudábamos a las empresas a explicar mejor sus decisiones, ahora, más que nunca, debemos ayudar a que tomen mejores decisiones
Entonces, vale la pena que cada empresa tenga presente tres ideas a la hora de asignar a una persona a un cargo directivo. Saber de las técnicas de un proceso y dar resultados no basta para llenar un cargo directivo, como tampoco basta la eficacia cuando viene acompañada de antipatía y arrogancia
Mientras la única cifra sobre la mesa salga de un titular, la junta conversa sobre adopción; cuando salga de su propia medición, la dirige. Ninguna estrategia de inteligencia artificial, pública o de empresa, puede saber si funciona sin una serie capaz de contradecirla