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El número de hijos que las mujeres tienen, en promedio, ha venido cayendo de manera importante a lo largo y ancho del mundo. Mientras que en 1974, por decir algo, esa cifra era de 4,3 hijos, medio siglo después, en 2024, se redujo casi a la mitad: 2,2. La dispersión es muy amplia entre los diferentes países. Por ejemplo, en Corea, durante este lapso, pasa de 3,8, no demasiado lejos del promedio mundial, a 0,7 en 2024, la tercera parte del promedio. En Colombia, aunque no tan dramáticamente como en Corea, la fertilidad cae de 4,5 en 1974, que era superior al promedio mundial, a 1,6 en 2024, cifra bastante inferior y que, según algunos expertos, podría estar sobreestimada.
Hace unos años había cierto consenso en el sentido de que habría dos o tres factores que podrían explicar el grueso de la tendencia. Ante todo, la creciente importancia de las mujeres en la toma de decisiones al interior de los hogares, así como en la financiación de esas decisiones, consecuencia de un salto importante en su escolaridad y su participación laboral. Segundo, la creciente disponibilidad de tecnologías que facilitan la escogencia de su fertilidad efectiva. Tercero, las ganancias en temas como la salubridad infantil, que permiten sustituir cantidad de hijos por una inversión mucho más fuerte en la calidad de su bienestar futuro.
Una excelente reseña reciente sugiere que en los últimos años esto ya no es tan claro, al menos en los países de ingresos altos y, yo añadiría, en varios países de ingreso medio como Colombia. El punto de fondo es sencillo, pero trascendental: la caída de la fertilidad se asocia con un proceso bastante rápido de cambios en las decisiones que toman mujeres que nacen en diferentes períodos sucesivos. Por ejemplo, en Japón, 50% de las mujeres nacidas entre 1968 y 1972 aún no tenía hijos a los 30 años de edad. Pero entre las mujeres nacidas en 1988-92, esa cifra sube a 70%. Cosa similar sucede en países como Canadá, Holanda y Noruega.

La velocidad de estos ajustes en las preferencias lleva a los autores, Kearney y Levine, a proponer que el tema de fondo se tiene que basar en el concepto de “prioridades cambiantes”, fundamentalmente un cambio en las preferencias, más que un cambio en precios relativos o costos de oportunidad. Ser padres, simple y llanamente, ya no es tan chévere y eso lo soportan con bastante información proveniente de encuestas de valores.
Uno de los temas que exploran es la prevalencia de la vida en pareja. La gente se empareja menos. Volviendo a Japón, 40% de las mujeres nacidas entre 1961 y 1965 jamás había convivido con una pareja a los 29 años de edad; esa cifra sube a 70% entre las mujeres nacidas en 1990-94.
El gráfico 1 muestra la relación entre la tasa de fecundidad y el porcentaje de mujeres de 25-29 años que nunca han cohabitado en pareja, para 162 países alrededor del año 2019, con cifras del World Marriage Data de Naciones Unidas y las de fertilidad de los indicadores de desarrollo económico (WDI) que produce el Banco Mundial.
Es claro que hay una relación relativamente importante. La decisión de no emparejarse, que como vemos es muy diversa entre países, podría provenir de las prioridades cambiantes de Kearney y Levine y podría, a su vez, ser parte de la explicación de la caída, versión 2.0, de la fertilidad. Para ver esto es necesario ver qué ha pasado en el tiempo.

El gráfico 2 muestra la evolución de la cohabitación de mujeres entre 15 y 49 años de edad, en el caso colombiano, para el período 1986-2025. Específicamente, muestra qué porcentaje de estas mujeres están emparejadas (casadas o en unión libre), qué porcentaje no viven en pareja y qué porcentaje viven en unión libre. Las cifras vienen de la encuesta nacional de demografía y salud (1986-2015) y de la encuesta de calidad de vida para 2020 y 2025.
La estabilidad en las cifras es muy fuerte. Alrededor de 50% de las mujeres colombianas entre 15 y 49 años de edad viven en pareja y así lo han hecho durante las últimas 4 décadas. Ello sugiere que -al menos entendidos como el ejercicio de la opción de modificar sus hábitos de convivencia en pareja- los cambios de prioridades de Kearney y Levine, que sin duda han ocurrido, no tienen mucho que ver con nuestra dramática caída de la fertilidad.
Los grandes líderes empresariales entienden eso muy bien. Construyen organizaciones, forman personas y fortalecen proyectos cuyos resultados completos posiblemente no alcanzarán a ver