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Analistas 27/07/2026

De pequeños gigantes

Alberto Carrasquilla
Economista y ex ministro de Hacienda y Crédito Público de Colombia

Lejos de las grandes polémicas económicas, del visor de los inversionistas, lejos del poder político --paradójicamente, diría yo, dada su participación en la población del país-- lejos del mercado de las ideas, de los algoritmos y las bodegas y, por supuesto, lejos de la agenda de las grandes reformas que el país necesita, habita un ecosistema vital para el día a día del país: los hemos venido a llamar “micronegocios” y el Dane los define como establecimientos que ejercen su actividad a través del toma y dame ejecutado, día tras día, por entre uno y nueve trabajadores.

Según la última encuesta de micronegocios, que nos brinda una pequeña ventana a muchos de sus misterios, con cifras de 2024 y el factor de expansión allí utilizado, se trata de unos 5.3 millones de negocios, cuyos dueños no son especialmente jóvenes (Gráfico 1), las dos terceras partes de los cuales ejercen su actividad en la prestación de servicios (43.5%) y en actividades comerciales (23.9%). Sus ventas son, en promedio, $3.3 millones por mes, totalizando unos $175 billones (9.2% del PIB), ninguna bicoca.

Gráfico 1
Gráfico 1

Desde luego, el grueso de estos establecimientos opera informalmente. Las personas que trabajan allí, que bien podrían rondar los 7 millones, carecen de seguridad social, salvo su pertenencia al régimen subsidiado en salud, de prognóstico reservado, carecen de cualquier chance de envejecer, o de seguir envejeciendo, amparados por una pensión y de cualquier cobertura en materia de riesgos que toman en el día a día de su jornada laboral.

Gráfico 2
Gráfico 2

A estos 7 millones les debemos sumar otra cantidad de gente que trabaja informalmente en establecimientos más grandes. Me explico: según la GEIH alrededor de 32% de las personas que son dueñas de alguno de los 43.000 establecimientos con más de 10 empleados que hay en el país, no cotiza a pensión. Ello sugiere de manera fuerte que --junto con sus empleados-- trabajan en la informalidad. Lo cierto es que por lo menos 10 millones de personas trabajan más horas que sus pares en el sector formal, cuyos horarios son regulados, y muchas más horas que sus pares en el resto del mundo, sin mayor efecto en el tema de fondo: la generación de valor y, con ello, de mayores ingresos. (Gráfico 3). La razón por la cual los colombianos que trabajan en la informalidad producen tan poco valor, y por ende la pasan tan mal económicamente, no es porque trabajen menos horas ni con menos ganas. Es porque no tienen el acceso al capital que sí tienen sus pares en el sector formal y ni hablar de sus pares en los países avanzados.

Gráfico 3
Gráfico 3

Ahora bien, acceder al capital equivale a acceder al crédito y aquí es donde se enreda la pita. Las 10 millones de personas de marras transitan, desde el punto de vista de su actividad financiera, por una suerte de carretera semioscura que contrasta marcadamente con las carreteras alumbradas que sí son sujeto inobjetable de crédito. En la misma encuesta de micronegocios, hay indicios leves de que el mercado crediticio está percibiendo el potencial que tendría, por decir algo entre utópico y motivador, duplicar el capital por trabajador en el sector informal, tema de una próxima columna. Por ejemplo, si bien es cierto que solo 10% de los micronegocios solicitó crédito en el año anterior a la encuesta, resulta que más del 90% de ellos lo obtuvo. Y, lo más esperanzador, muy minoritariamente por parte del perverso mecanismo del gota a gota y mayoritariamente a través de entidades reguladas (Cuadro 1). La conclusión es simple. En Colombia estamos perdiendo plata a chorros, en perjuicio sobre todo de las personas más vulnerables, por el hecho de que el capital no fluye en el grado requerido hacia un sector gigantesco de la economía, operado por pequeños gigantes que trabajan mucho más duro que el resto del mundo.

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