La pandemia nos ha hecho reflexionar a todo nivel, y mucho es lo que debemos hacer todos para reorientar nuestras tradiciones culturales y que en verdad tengan un impacto ambiental memorable.

Las cifras nos dicen que esta temporada es la responsable de 5,5% de la huella de carbono del año. Navidad es una celebración que genera un impacto positivo en las personas desde lo socioeconómico, pero que ocasiona problemas ambientales que hay que evaluar. Este 2020 ha sido un año en el que se aceleró el e-commerce y se ha contaminado el planeta para agravar la situación.

Somos una cultura navideña por naturaleza, y caemos con facilidad en la cuestionada práctica “fast” que podríamos llamar Fast Christmas. Cada año queremos el árbol de moda, más luminoso y tecnológico, competimos por la mejor decoración en nuestros hogares, subimos fotos en las redes sociales como si se tratara de un concurso.

Los elementos decorativos del año anterior ya no van y caemos en la compra desmedida que en el mundo de la moda se conoce como “Fast Fashion”, una cuestionada práctica comercial consistente en comprar, usar, botar que atenta sin duda contra el planeta.

Hoy somos más conscientes en nuestra forma de consumir y debemos evitar caer en este tipo de prácticas. Hay que pensar si un nuevo arbolito de Navidad, que genera muchísimas emisiones de gases de efecto invernadero por la producción del acero para las ramas y PVC para completarlas, es necesario para hacer de esta temporada algo especial; además, el transporte y la huella de carbono que genera.

Sería preferible comprar uno artificial si se tiene la intención de utilizarlo por lo menos varias navidades, y entre más pequeño mejor en términos ambientales, ¿no? Además, hay que adornarlo con luces multicolores que si están prendidas seis horas diarias durante al menos 30 días y son incandescentes en lugar de LED, la huella aumentaría en 15% y hasta más.

En nuestro país disfrutamos como en ninguna otra parte del mundo la Navidad, comemos sin medida, cometiendo todo tipo de excesos incrementando las basuras en casi 50%. Si evitamos el desperdicio de comida, se podría reducir la huella de carbono en más de 30%.

Démonos a la tarea de saber qué necesitamos, de dónde vienen los productos que estamos comprando. Estamos en momento de austeridad que nos debe llevar a reflexionar y a dar un verdadero salto de sostenibilidad que nos permita a las generaciones presentes consumir sin comprometer el futuro de las futuras generaciones.

No significa eliminar años y años de tradición y llevar esta hermosa época a cero emisiones de la noche a la mañana, pero si pensar que mediante prácticas sencillas estamos generando grandes cambios y combatiendo una industria consumista navideña altamente insostenible.

Este ejercicio nos puede llevar a celebrar con un sentido cada vez más profundo en el que prime el bien común. Imagine empacar sus regalos de forma más creativa de manera que se pueda evitar la tala de árboles, regalar en vez de productos poco amigables con el medio ambiente, experiencias de turismo local, donaciones o bienestar; una navidad sin residuos de comida para botar pero sí para compartir con quienes no la tienen, sin pólvora, comprando y regalando local para disminuir la huella y apoyar la reactivación económica. Dese la oportunidad de reutilizar la decoración cada año para ser más creativo e invertir ese dinero que hoy gasta de más en causas profundas.