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El liderazgo contemporáneo hay que entenderlo como un proceso de continua construcción; que requiere autoconocimiento, consciencia, reflexión y decisión; que exige un componente emocional
En el ámbito de los negocios, la alta dirección empresarial e, incluso, la academia, es común encontrarse con la duda sobre cuál es el verdadero origen del liderazgo. Algunos creen que es una cualidad con la que se nace, otros creen que es un atributo que se aprende y se cultiva, y hay quienes creen que es una mezcla de esos dos escenarios anteriores.
Lo cierto es que, si bien hay ciertas aptitudes innatas o que se modelan desde muy temprana edad que potencian el ejercicio del liderazgo -como la curiosidad, la creatividad, la sensibilidad emocional o la fluidez comunicativa-, es un hecho que la figura del líder es una construcción de largo plazo que realiza internamente cada individuo.
Por un lado, porque el arte de liderar no se debe a una característica singular, es más bien la suma de múltiples habilidades, capacidades, aprendizajes y experiencias, que le permiten a una persona influir oportunamente en un colectivo para lograr de manera articulada la consecución de un objetivo en concreto. El liderazgo se construye a partir de quiénes somos (temperamento, carácter, personalidad), de nuestra autoconsciencia (pensamientos, emociones), y de nuestras decisiones.
En ese sentido, vale la pena referirse a la ‘Regla del 70-20-10’ que desarrolló el Centro para el Liderazgo Creativo (CCL, por su sigla en inglés), en la que se argumenta que la experiencia es la mejor maestra para los líderes. Bajo dicho modelo, un líder se forma en un 70% de experiencias y tareas retadoras; 20% de redes de contactos, coaching y tutoría; y 10%, de cursos, elementos técnicos y educación formal.
Por esa razón, el diseño de nuestro programa de maestrías en Westfield Business School combina la formación teórica y los aspectos técnicos con experiencias internacionales e inmersivas en los principales epicentros de innovación, liderazgo y sostenibilidad, como son Múnich, Madrid, Boston, Miami y Silicon Valley.
A través de estas experiencias, que denominamos Semanas de Inmersión Global (Global Immersion Weeks), llevamos a nuestros estudiantes a compartir con compañeros de otras geografías, a observar de primera mano los desafíos que enfrentan los líderes empresariales del presente y a aterrizar mejor, desde la práctica, los aprendizajes académicos del programa.
Dicha práctica, que constituye un componente importante de nuestro diferencial como escuela de negocios, forma parte de una metodología educativa que creemos que tiene completa vigencia y relevancia frente a la volatilidad del actual contexto mundial.
En momentos en los que retener el talento resulta cada vez más difícil, en los que la inteligencia artificial (IA) está reconfigurando las dinámicas laborales, en los que la incertidumbre se agudiza en los mercados internacionales y en los que la sostenibilidad se ha consolidado como algo innegociable, resulta pertinente llevar a los líderes del mañana a las atmósferas reales en las que se toman las decisiones más trascendentales del ahora.
En este contexto, el liderazgo contemporáneo hay que entenderlo como un proceso de continua construcción; que requiere autoconocimiento, consciencia, reflexión y decisión; que exige un componente emocional, que demanda más humanidad que aspectos técnicos, y que, sobre todo, está altamente determinado por la experiencia.
Bajo esa mirada, la conversación no debería girar en torno a las cualidades o características con las que se nace, sino alrededor de las experiencias y los aprendizajes con los cuales se forman los líderes del futuro. Afrontar este camino de manera proactiva y observar cómo operan quienes ya están en posiciones de liderazgo puede ser un buen comienzo, pues abre vías al autoconocimiento a la autoconsciencia.
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