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Resulta esencial que los nuevos líderes empresariales consideren en su formación la importancia de los elementos fundamentales y otras habilidades blandas para tener un impacto más acorde a las demandas

Inicia un nuevo año y con él, como suele ser costumbre durante cada enero, llegan las recomendaciones de los expertos sobre las temáticas a las cuales seguirles la pista: inteligencia artificial, IA, robótica, sostenibilidad, mercados internacionales, productividad, rentabilidad e innovación; por mencionar algunos ejemplos.
Y tal como ha sucedido en los últimos años, el concepto de liderazgo vuelve a aparecer como un innegociable dentro del engranaje empresarial. Su relevancia, contrario a lo que podría pensarse, trasciende el mero ejercicio de impartir órdenes y articular equipos; ya que, como se ha venido evidenciando, este influye directamente en la fidelización del talento, el sentido de pertenencia, la oportuna resolución de problemas y, por supuesto, la competitividad.
Por esta razón, y con la intención de orientar e incubar buenos liderazgos, es que vale la pena señalar algunos de los fundamentales del liderazgo contemporáneo. El primero, y quizás el más subestimado -o incomprendido-, tiene que ver con el autoconocimiento: para poder liderar un equipo hay que empezar por liderarse a sí mismo.
Esto implica, entre otras cosas: ser consciente de las propias fortalezas y debilidades, reconocer el grado de madurez emocional, admitir cuáles son las inseguridades internas, saber bien qué tanta tolerancia se tiene al riesgo y al cambio, identificar las áreas en las que se tiene experiencia y en las que no, e, incluso, darse cuenta de ciertos aspectos de la personalidad.
La importancia de dicho proceso no es otra distinta a la de anticipar situaciones indeseadas, que se den como consecuencia de un aspecto interno mal gestionado. Por ejemplo, si un líder es plenamente consciente de su temor a la transformación tecnológica y tiende a mostrarse pesimista ante dicha disrupción, podría anticiparse a este comportamiento y proactivamente buscar opiniones de especialistas en el tema que le ayuden a alcanzar una noción más equilibrada, que, en consecuencia, le permita tomar decisiones más informadas y con mejor criterio.
Otro componente fundamental del liderazgo moderno tiene que ver con el establecimiento de objetivos más holísticos y determinados. Atrás quedaron las épocas en las que la rentabilidad y las utilidades eran el único indicador a alcanzar, costara lo que costara; hoy en día, si la rentabilidad no tiene un impacto social positivo y no es el resultado de una actividad productiva con prácticas sostenibles, simplemente no es suficiente.
De hecho, existe una relación recíproca entre rentabilidad-sostenibilidad-personas, algo que en nuestra metodología educativa en el Westfield Business School hemos llamado enfoque con triple propósito (people, planet, profit), con el que le mostramos a los líderes del mañana la importancia de formar una visión más integral y universal, en la que transformar vidas y preservar los recursos naturales sea tan prioritarios como las utilidades.
Y finalmente, un tercer elemento del liderazgo empresarial que vale señalar, y que en ocasiones se ve condicionado por el exceso de intermediación digital en los entornos laborales, tiene que ver con la empatía: un factor intangible y algo subjetivo para muchos, que tiene la capacidad de cohesionar equipos, de orientar los esfuerzos hacia las necesidades sociales y, sobre todo, de establecer relaciones genuinas y duraderas con los diferentes públicos de interés de las compañías.
Por todo lo anterior, y aprovechando el inicio de un nuevo año, resulta esencial que los nuevos líderes empresariales consideren en su formación la importancia de estos elementos fundamentales y otras habilidades blandas, con el fin de tener un impacto más acorde a las demandas y necesidades del mercado contemporáneo.
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