sábado, 14 de marzo de 2020

La sensación de crisis ahora es mayor por la sobrexposición informativa a la que están expuestas las sociedades, en tiempo real se sabe la evolución del virus y su letalidad

EditorialLR


La economía mundial acaba de cerrar una de las semanas más frenéticas de la historia marcada por un juego de ruleta rusa con el barril de petróleo; una pandemia de un raro virus que golpea con violencia a la puerta; varias jornadas en las bolsas de valores teñidas de rojo; sectores económicos tan prometedores como el turismo, las aerolíneas y los restaurantes que enfrentan sus tragedias como némesis difíciles de alejar. Un trimestre que pasará a la historia como uno de los más críticos en el que se conjugaron situaciones difíciles de unir deliberadamente, como son una crisis económica con una sanitaria.

La situación ha desencadenado dos acciones que solo se presentan cuando el miedo se respira en una sociedad. La primera puede llamarse “instinto fatalista de manada” en la que las personas buscan enfrentar lo desconocido echándole mano a lo evidente como es generar grupos o colectivos con el mismo prejuicio en donde la invisibilidad es una protección o una salida a la crisis. La segunda situación es una suerte de “pánico de consumo” que se despierta ante hechos sobrevivientes que dan miedo, tales como terremotos, huracanes, sequías o aislamientos. Esta última sensación es la que fuerza a los consumidores a salir desesperados a comprar tapabocas, geles, jabones, aerosoles, enlatados y a llenar las neveras de alimentos no perecederos para enfrentar una eventual cuarentena o aislamiento del resto de los mortales.

Es cierto que se siente una crisis sanitaria en todo el mundo que se ha mezclado con una crisis económica y que la gente percibe que no va a solucionarse en el corto plazo, pero hay que ser consciente que ese pánico ha sido bastante infundado por la sobreinformación que se ha asentado sobre las sociedades modernas gracias a las redes sociales que glocalizan las tendencias internacionales en lo local. Desde que el brote de Covid-19 se dio a conocer en diciembre pasado en la desconocida provincia de Wuhan en China, los mensajes por los teléfonos celulares ya presagiaban un contagio a gran escala, aún sin saber si iba a durar en el tiempo.

Es la primera gran pandemia ocurrida en plena maduración de las redes sociales y la masificación de viajeros, a lo que se puede sumar la obsesión moderna por estar en otros lugares distintos a los países de origen. Nunca antes una generación como la de los millennials -nacidos después de 1984- había tenido como prioridad viajar de país en país sin establecerse y eso ha hecho que los trayectos de aviones sean cada mayores y que en solo 12 horas se pueda estar al otro lado del mundo con todos los riesgos sanitarios que ello representa. No solo el mundo se ha hecho pequeño para hacer turismo al alcance de todos, sino que las empresas multinacionales han disparado una galaxia de ejecutivos que están de aquí para allá haciendo negocios y a su vez transportando virus y enfermedades. La globalización conlleva todo eso: creer que el mundo se hizo pequeño, que se debe estar en todas partes y que el tráfico de gente no tiene consecuencias, y si a esta nueva cultura se le suman la ansiedad que generan las redes sociales habremos construido un mundo cargado de nuevas enfermedades como el pánico de consumo y el instinto fatalista producto de las reacciones sociales de lo que está ocurriendo en todas las esferas.

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