Mientras millones de estadounidenses se preparan para participar en las elecciones de mitad de período el próximo 3 de noviembre, que definirán la composición del Congreso durante los dos últimos años del segundo mandato de Donald Trump, los brasileños decidirán el 25 de octubre, en segunda vuelta, si Lula da Silva continuará en el poder, al tiempo que Pedro Sánchez convocó comicios generales anticipados en España para el 29 de noviembre.
Serán dos meses trepidantes en los que Iberoamérica se juega la línea política que determinará la historia inmediata. Las ideas de derecha de Trump han sido un verdadero tornado político y pocas veces en la historia se había experimentado una situación parecida, en la que solo la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, se mantuviera como representante del socialismo o de estructuras ideológicas pegadas a la izquierda. Los regímenes de Cuba y Nicaragua sobreviven como islas solitarias, gracias a sus obsoletas dictaduras, que, atornilladas al poder, siguen gobernando a dos de los países más pobres del continente.
Lo de España es sorpresivo en medio de dos hechos noticiosos que han obligado a la disolución de las Cortes y a la convocatoria de los comicios. El próximo 29 de noviembre, los españoles irán a las urnas para elegir a los miembros del Congreso de los Diputados y del Senado.
Sánchez no dejará el cargo de inmediato si los partidos que lo respaldan pierden la mayoría; se mantendrá como presidente en funciones hasta que se nombre a un sucesor o sea reelegido. Si bien cada país vive sus propias realidades, no se puede desconocer que Trump es un fenómeno mundial que ha incidido en las decisiones electorales de la mayoría de ellos; quizá solo México, por ser el vecino más influyente e importante para la mayor economía del planeta, no ha copiado sus mensajes directos a los electores.
Las ideas de derecha y algunas libertarias han calado en casi todos los países de la región, cansados de la inoperancia, la falta de gestión y la corrupción de la izquierda, lo que ha generado un efecto dominó que se alinea con los intereses de la Casa Blanca: mayor seguridad, más libre mercado y compromiso con las inversiones.
A Trump le quedan aún algo más de dos años, tiempo durante el cual madurará un candidato republicano que continúe sus políticas y consolide dicho efecto en Iberoamérica. Lo importante ahora no son solo las ideas, sino que los presidentes que han matriculado a sus países en la órbita estadounidense empiecen a dar resultados, especialmente en el ámbito de la seguridad regional y el ataque frontal contra el narcotráfico, que no es únicamente un problema vinculado al terrorismo, sino también un asunto de salud pública en países donde el consumo de droga está entre los más graves, como es el caso de España, Brasil o Colombia.
Lo otro, no muy diferente, es la guerra arancelaria, arma que ha utilizado Trump para enfrentar a grandes competidores en materias primas de economías emergentes como Brasil, estrategia que podría frenarse de llegar Flávio Bolsonaro al poder.
España, por su parte, descansaría del asedio estadounidense; no se puede olvidar que Trump ha dicho que es una “causa perdida” y que será un “país arruinado”, además de pedir un corte en las relaciones comerciales. Sin duda, entre octubre y noviembre será un tiempo frenético, lleno de sorpresas, en el que Iberoamérica se jugará su futuro inmediato.
Las tensiones podrán aumentar o menguar dependiendo de si los republicanos ganan las elecciones de mitad de período, si los socialistas se mantienen en España y si Lula, a sus 80 años, sigue llevando las riendas de Brasil.