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EDITORIAL La dicotomía del Estado derrochón
jueves, 2 de octubre de 2014
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Más que asfixiar al Estado con recortes innecesarios hay que pedirle eficiencia, competitividad y optimización de recursos. 

El sector público representa alrededor de 4,1% de los empleos directos que se generan en la economía. Esa cifra es alta en un país en donde hay sectores politiqueros que piden a gritos que el Estado se reduzca a sus mínimos para ahorrar impuestos. No es fácil argumentar en contra de la idea de que el Estado (no gobierno) debe ser grande y que los empleados públicos son valiosos para el desarrollo. El aparato estatal genera muchos empleos valiosos, particularmente en lo que tiene que ver con las regiones en donde las gobernaciones y las alcaldías son los mayores empleadores. Quizá lo más complicado es irse en contra de la corriente y hacer una defensa de lo público inmaterial, hablamos de los roles y las funciones de las instituciones, por supuesto de las personas y de los servidores, sin importar sus actividades que son esenciales para la idea inmaterial que es Colombia.

Hay una permanente contradicción entre quienes promulgan tanto un Estado como un gobierno mínimos, una corriente económica y política (minarquismo) que le resta papel e influencia a los gobernantes y plantea que debe desarrollarse una sociedad libre en donde los gobernantes no se metan en todo, que solo se dedique a proteger ciudadanos y sea rector institucional de lo público y lo privado. En este coctail de ideas se encuentran tesis valiosas de Von Mises, Hayek y Friedman, quienes pueden tener razón en ciertos niveles de desarrollo estatal, pero no en economías en vías de progreso en las que se necesita de presencia gubernamental en todas las esferas.

El Estado no puede ser derrochón, debe ser optimizador de recursos, eficiente y competitivo. La dicotomía de los contradictores políticos se basa en que se exige presencia estatal, institucionalidad y ejercicio permanente de los gobiernos centrales, regionales y locales, pero al mismo tiempo se les critica su crecimiento, particularmente en impuestos y personas empleadas. Como todo, debe haber un término medio, que para entenderlo traemos a colación un chascarrillo tradicional en diálogos gerenciales: la historia del campesino que para ganar más dinero se dio a la tarea de enseñarle a su burro de trabajo a comer menos para ahorrar, y justamente cuando el animal estaba aprendiendo o asimilando las nuevas condiciones, se murió.

No es recortar instituciones con la simple argumentación de ahorrar por ahorrar, lo importante no es un Estado mínimo por el simple hecho de ser pequeño, lo verdaderamente disruptivo es ser eficiente, responsable, eficaz y totalmente competitivo. De nada sirve hacer una masacre laboral en el sector público, si a los funcionarios nadie les enseñó o se les capacitó para ser eficientes. No podemos caer en los errores pasados donde eliminamos instituciones para crear unas nuevas.

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