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Cada deportista relata una historia distinta. Algunos se aficionan desde una temprana edad y llegan a convertirse en deportistas de alto rendimiento, mientras que otros logran excelentes resultados a pesar de haber comenzado en plena adultez.
En cualquier caso, los beneficios y satisfacciones que trae una actividad deportiva hacen que queramos continuarla. Esa es una de las razones por las que cada vez es más común encontrar campeonatos mundiales y otras pruebas de gran reputación diseñadas para la tercera edad.
Algunos de esos atletas tienen un “pasado” mundial, olímpico o continental y compitiendo con contemporáneos sus experiencias, sensaciones, recuerdos y adrenalina les hará olvidar un poco el paso del tiempo.
Son hombres y mujeres de admirar, pues no solo demuestran constancia y disciplina, sino que seguramente poseen la salud y fortaleza de personas mucho más jóvenes. Sin embargo, conviene que estos deportistas asistan a controles periódicos y cuiden la alimentación e hidratación de acuerdo a su edad. De la misma manera, hay que aceptar que los reflejos, habilidad y coordinación van cambiando.
Practicar un deporte a edad avanzada puede ser una pequeña fuente de la juventud ya que, entre otras cosas, reduce el riesgo de varias enfermedades. El ejercicio moderado no trae riesgos a personas mayores, pero puede surgir un problema si hay una distorsión del concepto “moderación”.
Sobreestimar las capacidades, exagerar la competitividad o el intentar mantener una condición física similar al de otra época puede convertir los beneficios en perjuicios.
Se puede afirmar que siempre hay una actividad física o deportiva recomendable para cualquier edad; pero es importante determinar previamente qué capacidad física tiene cada uno y de esta manera establecer qué tipo de ejercicio se debe realizar.
En términos de urgencia, la prioridad debe ser la asignación de nueva capacidad que no tiene un límite intrínseco diferente al costo de expansión del sistema, perfectamente gestionable con planeación y señales económicas claras
Alcanzar al menos 50 doctores por millón de habitantes al año —una meta modesta frente a estándares internacionales— debería entenderse como una apuesta mínima para consolidar capacidades científicas en la academia, el sector productivo y el Estado