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ANALISTAS Austeridad, austeridad y austeridad
jueves, 4 de junio de 2015
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En un reciente debate en el Congreso de la República la senadora del Centro Democrático, Paola Holguín, nos informó que la nueva sede adquirida por la Embajada de Colombia en Washington le había costado a los contribuyentes US$33 millones , que equivalen en pesos a la nada despreciable suma de $84.195.200.000.

A renglón seguido la senadora nos recordó escandalizada que con lo que costó el faraónico inmueble  “se podrían construir 2.118 viviendas de interés prioritario”. 

Yo añadiría que, con lo que costó la embajada, también podríamos comprar 56.130.133 rollos de papel higiénico, lo que serviría para cubrir durante varios años las necesidades básicas insatisfechas de 7 millones de compatriotas que no tienen con qué limpiarse la cola.

O podríamos comprar 16.839.040 condones marca  “M Force”, que es muy reconocida, con lo cual se disminuirían los embarazos indeseados, generando un sustancial ahorro fiscal y un mejoramiento en la calidad de la vida nocturna de los adolescentes menos favorecidos.

También me se ocurre que con esa plata podríamos dotar a 600.000 hogares colombianos de una suscripción anual “Bronce Max” de Direct TV con acceso a 129 canales, acortando de esta forma la inaceptable brecha informativa que divide al país y todos los colombianos, sin excepción, tendríamos el privilegio de ver al papá de las Kardashians cambiarse de sexo.

Sin embargo, si se trata realmente de ajustarse el cinturón mejor no tener embajada en Washington sino una tienda Juan Valdez, que además de servir tintos, acomode a la misión diplomática, al consulado, a Propaís, y a la agregaduría militar, no solamente en Estados Unidos, sino también las que tenemos en Canadá y en México.

Así tendríamos una Embajada para Norteamérica que podríamos localizar a seis millas de la población de Balta, en el Condado de Pierce, Dakota del Norte, que es el centro geográfico exacto de esa parte del continente.

El presidente Uribe, cuyo mandato presidencial fue parangón de austeridad republicana, nos mostró el camino cuando realizó la fusión ministerial y la liquidación de embajadas.

En un principio el presidente Uribe había propuesto la eliminación de todos los ministerios para dejar solamente uno, el de la Presidencia, en el cual él mismo se nombraría. La idea sonó razonable hasta que  insistió que siendo él Ministro de Defensa, también debía ser comandante de la estación de policía de Oporapa, Huila, capitán del submarino ARC Tairona y azafato en la ruta Bogotá-Orocué de Satena.

Al final lo convencieron de que lo mejor era fusionar solamente los ministerios cuyos nombres tuvieran relación cercana con las letras del alfabeto, así por ejemplo la C de comercio con la D desarrollo, o la S de salud con la T de trabajo. 

Otra idea importante que se ventiló por esa época fue la liquidación de embajadas. El presidente Uribe propuso eliminar a los embajadores y reemplazarlos con vendedores ambulantes de Fabricato. Se le explicó al presidente que estos cambios, aunque deseables, no serían muy bien vistos por los países amigos. Estados Unidos, por ejemplo, no solo podría cancelar la ayuda del Plan Colombia, sino que amenazaría con nombrar nuevamente a Frechette.

Con su característica insistencia Uribe propuso reconsiderar el tema, proponiendo dejar abierta solo una embajada, la de Naciones Unidas, que como su nombre lo indica une a todas las naciones. Afortunadamente la Conchi Araújo le explicó al presidente que era necesario mantener algunas embajadas abiertas para poder enviar a los funcionarios a descansar antes de que los metieran presos. 

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Cualquier gasto fiscal que se haga puede ser caricaturizado traduciéndolo en viviendas de interés social, escuelas o camas de hospital. Está bien ser austeros en el gasto público, pero hacer populismo barato con inversiones necesarias, como el nuevo edificio en Washington, es francamente reprochable.