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Plinio Apuleyo Mendoza
Escritor, periodista, diplomático y ensayista, fue protagonista y testigo de algunos de los episodios políticos, literarios e intelectuales más importantes de América Latina durante más de siete décadas
Con la muerte de Plinio Apuleyo Mendoza, quien falleció este martes, se cierra uno de los capítulos más singulares del periodismo y la literatura colombiana del último siglo. Novelista, cronista, ensayista, diplomático y protagonista privilegiado de algunos de los episodios políticos y culturales más importantes de Iberoamérica, construyó una obra marcada por la observación directa de la historia y por una permanente defensa de las ideas que abrazó en la madurez.
Nacido en Tunja en 1932, Mendoza comenzó a escribir desde muy joven. Su padre descubrió los textos que redactaba a máquina cuando apenas era un adolescente y decidió publicarlos, aunque el propio autor confesó años después que pasó buena parte de su juventud intentando recuperar y destruir aquellos primeros ejemplares porque los consideraba inmaduros. Con el paso del tiempo reconocería que había sido demasiado severo consigo mismo.
Su infancia quedó marcada para siempre por uno de los hechos más trascendentales de la historia colombiana: el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948. Tenía apenas 15 años cuando presenció el atentado desde un restaurante cercano a la carrera Séptima. Minutos antes había visto a su padre caminar junto al líder liberal y creyó, por unos instantes, que quien había caído era él. Bajó corriendo hasta el lugar de los hechos y alcanzó a ver a Gaitán aún con vida, una escena que recordaría durante toda su existencia y que describió en numerosas entrevistas como uno de los recuerdos más vívidos de su memoria.
Su pasión por la lectura apareció incluso antes que su vocación periodística. Durante sus años en el Liceo Cervantes prefería esconderse en los baños del colegio para leer novelas como 'Crimen y castigo' antes que asistir a clase. Aquella obsesión por la literatura terminaría definiendo una carrera que combinaría el periodismo con la creación literaria.
Tras estudiar Ciencias Políticas en la Universidad de La Sorbona, en París, inició una trayectoria internacional que lo llevó a trabajar como periodista y corresponsal en distintos países. Cubrió procesos políticos decisivos en América Latina y entrevistó a figuras como Juan Domingo Perón, además de convivir con algunos de los escritores más importantes del llamado boom latinoamericano.
Uno de los vínculos que marcó su vida fue la amistad con Gabriel García Márquez. Se conocieron siendo muy jóvenes y compartieron durante décadas viajes, conversaciones y proyectos periodísticos. Trabajaron juntos para Prensa Latina, recorrieron varios países y mantuvieron una relación cercana incluso cuando sus posiciones políticas empezaron a distanciarse.
"En la crónica 'Un boom llamado García Márquez' yo cuento mi primera impresión de García Márquez. Yo lo conocí en un café y él le hizo propuestas a la camarera y le puso la mano en el trasero. Y cuando se fue, Luis Villar Borda, quien me lo presentó, me dijo que era una lástima, que tenía talento pero era un caso perdido, porque no llegaba a clase y se emborrachaba. Al principio nos pareció un poco pedante. Y la segunda vez que lo vi fue en un café de París. El Espectador lo había mandado a Europa a cubrir un evento internacional y yo lo invité a la cena de Navidad donde Hernán Vieco, un amigo. Y Juana, la mujer de Vieco, me dijo '¿por qué trajiste ese chico tan horrible?'. Y yo le pregunté que por qué le parecía horrible y me dijo 'apaga los cigarrillos en la suela del zapato'", recordó hace años Plinio Apuleyo Mendoza en una entrevista con la revista Bocas de El Tiempo.
Fruto de esa amistad nació 'El olor de la guayaba' (1982), considerado uno de los libros fundamentales para comprender la vida y la obra del Nobel colombiano. Años después publicaría 'Aquellos tiempos con Gabo', donde reconstruyó episodios personales compartidos con el autor de 'Cien años de soledad' y ofreció una mirada íntima sobre el escritor más universal de Colombia.
Su círculo de amistades fue excepcional. A lo largo de su carrera trató con Mario Vargas Llosa, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Pablo Neruda, Fernando Botero, Carlos Alberto Montaner, Jean-François Revel y numerosos dirigentes políticos de América Latina y Europa. Solía decir que había tenido el privilegio de felicitar personalmente a tres amigos cuando recibieron el Premio Nobel: Neruda, García Márquez y Vargas Llosa.
En paralelo desarrolló una sólida carrera literaria. En 1979 obtuvo el Premio Plaza & Janés con la novela 'Años de fuga'. También publicó 'El desertor', 'Primeras palabras', 'La llama y el hielo' y 'Nuestros pintores en París', entre otros títulos.
Sin embargo, fue en la década de los noventa cuando alcanzó una enorme notoriedad continental con 'Manual del perfecto idiota latinoamericano', escrito junto a Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa. El ensayo cuestionó buena parte de la tradición política latinoamericana y se convirtió en uno de los libros de mayor debate ideológico de la región. Más tarde aparecerían 'Fabricantes de miseria' y 'El regreso del idiota', que profundizaron esa línea de pensamiento.
Contaba que de joven simpatizó con la Revolución Cubana y militó en la izquierda. Fue cercano a Camilo Torres, a quien admiraba hasta el punto de bautizar a una de sus hijas con el nombre de Camila en su honor, y apoyó inicialmente el proyecto revolucionario cubano. No obstante, tras conocer de primera mano la realidad de los países comunistas, cambió profundamente su visión. Desde entonces se definió como liberal en el sentido clásico europeo, defensor de las libertades políticas y económicas, una postura que mantuvo hasta el final de su vida.
"Yo soy liberal, como Vargas Llosa, que creemos en la libertad económica y política. Yo fui de extrema izquierda, inclusive. Fui de la juventud del MRL, partidario de la Revolución Cubana y hasta le dije a mi papá que no podía heredar su acción del Jockey Club porque yo era de izquierda. Mandé muchos tipos a La Habana, entre ellos al que creó después al ELN. De modo que cuando me dicen derechista yo les digo que yo pensaba lo mismo que ellos y que eso pasa con el tiempo. '¿Cuántos años tiene usted?', les pregunto. Como la frase de Churchill, 'quien a los veinte no es comunista, no tiene corazón, y quien a los cuarenta lo sigue siendo, no tiene cabeza'. No se trata de las ideas sino de la realidad. Poco a poco comencé a mirar la realidad y me di cuenta de que los amigos exiliados le cuentan a uno lo que está pasando, hasta que uno juzga ese experimento por la realidad", agregó en la misma entrevista.
Ese giro lo acercó a figuras como Mario Vargas Llosa, José María Aznar y el expresidente Álvaro Uribe, con quien mantuvo una relación política y personal que lo llevó a desempeñarse como embajador de Colombia en Portugal.
Su actividad pública también tuvo consecuencias personales. En 1999 fue víctima de un atentado atribuido al ELN, que envió una carta bomba a su apartamento. El artefacto no llegó a explotar, pero el episodio confirmó el nivel de riesgo al que estaba expuesto por sus posiciones políticas.
Aunque escribió novelas, ensayos y memorias, Mendoza insistía en que el periodismo había sido, al mismo tiempo, su gran pasión y el mayor obstáculo para desarrollar una obra literaria más extensa. En más de una ocasión lamentó no haber podido dedicar más tiempo a la ficción y confesó que le habría gustado escribir muchas más novelas.
Hasta sus últimos años conservó una memoria prodigiosa. Recordaba con precisión conversaciones con García Márquez, anécdotas con Vargas Llosa, encuentros con Fernando Botero y episodios vividos junto a presidentes, revolucionarios y escritores que marcaron el siglo XX. También seguía reflexionando sobre el futuro del periodismo, al que veía cada vez más alejado de los grandes reportajes y de la crónica que él ayudó a consolidar.
"Recuerdo que hace mucho tiempo, en París, los dos estábamos interesados en la misma mujer. Y en una fiesta bailable que organizó en su casa, a fin de quitarme de en medio y conseguir los favores exclusivos de aquella dama, contrató a una bella muchacha de la vida alegre con la consigna de que me sedujera con sus encantos. Yo no sabía cómo quitármela de encima. Casi me tocaba pedir socorro ante sus desvergonzados avances, como si en vez de ser un modesto tunjano de orejas muy grandes fuese un adonis", recordó, en la misma entrevista, ante la pregunta de cuál era la situación más graciosa que recordaba con el maestro Fernando Botero.
Su última etapa estuvo dedicada a escribir recuerdos de distintas épocas de Colombia y del boom latinoamericano. Más que una autobiografía tradicional, quería reconstruir momentos decisivos de la historia que le tocó vivir, convencido de que la memoria, aun con sus imperfecciones, era la mejor forma de comprender un tiempo.
Con su muerte desaparece uno de los últimos testigos directos de una generación irrepetible. Plinio Apuleyo Mendoza fue mucho más que un escritor o un periodista: fue un observador privilegiado de la historia latinoamericana, un protagonista de los grandes debates políticos e intelectuales de su época y una de las voces que mejor retrató, desde la cercanía, a varios de los personajes que transformaron la literatura y la política del continente.