Analistas

¿Será verdad?

“Estamos viviendo en una era en que la verdad esta acorralada por la mentira”, decía hace unos días en una entrevista el General Naranjo. Este fenómeno, ya tiene nombre e incluso fue considerada la palabra del año en 2016 por el Diccionario Oxford, que la define como “circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. Hablamos del post-truth o de la posverdad.

El fenómeno de posverdad emerge en una sociedad donde prevalece la desconfianza en el otro, ya sea una persona o una institución u organización. Esta falta de confianza propicia el espacio para generar incredulidad, manipulación, desesperanza, y anula la posibilidad de creer que los cambios positivos que se dan en algunos ámbitos se están convirtiendo en realidad. 

La confianza entre los integrantes de una sociedad es determinante para su desarrollo y sus relaciones. Bernando Kliksberg define cuatro factores que inciden en el desarrollo económico y social de un país: el clima de confianza que se vive en la sociedad, el grado de asociatividad, la conciencia ética y el respeto a los valores éticos. Además, Francisco Rojas Aravena plantea que la confianza es la condición necesaria para entablar relaciones con otros o alcanzar objetivos comunes, ya sea en vínculos de amistad, reconocimiento de la autoridad o de compromiso político. 

Otro aspecto que ha dado paso a la posverdad, permitiendo que esta se irradie y permee todos los temas y todos los ámbitos es el uso de las redes sociales porque algunas imágenes, datos e información que se publican carecen de veracidad, pero al distribuirse a gran velocidad cuando se comparten y se comentan se convierten para muchos en una realidad. De manera acertada el diario El País de España describe este fenómeno así: “una mentira puede ser asumida como verdad o incluso una mentira asumida como mentira, pero reforzada como creencia o como hecho compartido en una sociedad”. 

A este escenario se suma el bajo conocimiento, la cultura de la no lectura y el poco interés en informarse a profundidad, que lleva a que la mayoría de personas se sientan con el poder de opinar, de juzgar y de comunicar aspectos que no son ciertos; pareciese que ahora la premisa es hablar sobre supuestos, sin constatar la información y su contexto. 

Frente a la posverdad, la ética de los periodistas, de los blogueros, los youtubers y los twitteros es el requisito para que la sociedad recupere la confianza y la certeza. Estos gestores de comunicación, al emitir un mensaje a través de los medios convencionales masivos o en redes sociales, tienen la responsabilidad sobre el impacto de comunicar la verdad argumentada y verificada o de informar falacias que destruyen la dignidad de una persona u organización. En mayor magnitud, pueden generar la inestabilidad de una organización o de un gobierno, incidir en la percepción de inseguridad, minar la gobernanza e incluso generar pánico o conflictos.

El reto está en pasar de comunicar lo que se cree que está pasando a comunicar lo que es verificable, veraz y real, trabajar sobre argumentos y no sobre supuestos, recordar siempre que el poder y la responsabilidad que hoy se tienen al enviar un mensaje o publicar una noticia inciden de manera directa en fortalecer la confianza y las relaciones, para recomponer el tejido social de un país y alcanzar una convivencia pacífica.