Analistas

Lazos de amor

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Estamos llegando al final del año, cuando muchos cierran un ciclo de su vida y en algunos casos, hasta la vida misma. Durante estas festividades se expresa alegría, esperanza y buenos deseos para un nuevo año; pero muchos están despidiendo a un ser querido, como es mi caso.

Estamos en familia y con amigos, acompañando la despedida de una gran mujer que día a día nos enseñó el valor de las pequeñas grandes cosas, el valor de servir desinteresadamente, también el significado de mantener una familia unida en valores. Esta mujer, mi abuelita Paulina, llegó a sus 87 años siendo ejemplo cotidiano de vivir fiel al respeto y la honestidad.

Ella como muchos colombianos pasó su niñez y juventud en el campo de nuestro bello país, pero al llegar la violencia bipartidista de los años 40 fue desplazada del campo a la capital, sosteniendo en brazos a su hija de meses y al lado a su madre. Consiguió un futuro con oportunidades, trabajadora incansable de múltiples oficios, tuvo la oportunidad de encontrar no solo el sustento, sino también de forjar los cimientos con los que crecerían sus nietos y bisnietos al convertirse en una abuelita ejemplarizante, valiente, con fe para creer y dar continuidad a una familia.

En estos tiempos en que el valor de la familia se diluye, cómo no reconocer y honrar el testimonio de vida de una persona como Paulinita, con uno de los trabajos más importantes para la sociedad, como es el servicio de fortalecer la familia. Este trabajo no requiere de estudios o títulos, aunque sí de sensibilidad, entrega y calidad humana. No recibe una retribución económica, pero sí algo que no tiene precio: la satisfacción de ver crecer con valores a los seres queridos, la oportunidad de acompañarlos y apoyarlos en las diferentes etapas de la vida y la gratitud porque de esta forma aportó a formar mejores seres humanos.

Este servicio de familia tiene una característica fundamental, es de artesanos, con un amor incondicional, porque se hace con las manos: manos que te toman desde el inicio para enseñar a caminar, manos que te enseñan a extender a otros las tuyas para ayudarlos, manos que te alimentan, manos que te enseñan a orar, que te acarician y abrazan cuando más lo necesitas.

En esta época de Navidad los invito a recordar a la familia de Belén y a hacer un reconocimiento a esas personas que forman parte de sus propias familias, que han entregado ese legado de servicio, y revivamos la unión en nuestros corazones y hogares. El Papa Francisco, de quien he hecho mención en varias oportunidades, nos recuerda que la familia es la fuente de toda fraternidad y por eso es también el fundamento y el camino primordial para la paz, pues, por vocación debería de contagiar al mundo con su amor.

Los 365 días de este año que están llegando a su fin cobran un significado diferente cuando el valor de cada minuto representa un instante valioso de vida. Vivamos el próximo 2018 con tal intensidad y entrega en nuestro servicio de familia para que esto se refleje en una sociedad con mayor calidad y calidez humana.

Al enviar esta columna, mi abu, ya está en su pascua. “Paulina lleva en sus años sabiduría y el gran regalo que es su alegría… Ejemplo de rectitud, de buen vivir y a su familia le ha enseñado la paz, la valentía”. Gracias, gracias, gracias…

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