Analistas

Comunicarnos sin temor

Tenemos problemas de comunicación que no se pueden tomar a la ligera, porque tienen consecuencias en todos los ámbitos sociales como la pérdida de oportunidades, generación de incertidumbre, inicio de crisis, creación de ambientes hostiles, solo por mencionar algunas. En nuestro país es más frecuente esta expresión, porque el legado de más de cinco décadas de conflicto ha dejado una huella de desconfianza, y la confianza es una de las bases de la comunicación efectiva.

La desconfianza lleva a que exista temor de comunicarse. Las personas sienten miedo al expresarse, porque frente a imaginarios de poder se cree que existan represalias, porque consideran que su opinión puede estar en contra de la mayoría, porque tal vez pueda pasar algo, y que pase algo es lo que se necesita, ya que la comunicación es para propiciar acción, que aporte a una mejor convivencia.

Este temor se evidencia en el silencio o en el desinterés, que intentan invisibilizar lo que ocurre. Por ejemplo, en las dinámicas de las reuniones se generan espacios para despejar inquietudes, establecer o aportar ideas, y esos espacios que buscan propiciar participación y diálogo, se convierten en momentos de silencio de actores pasivos que proyectan aceptación, pero luego de la reunión murmuran su desacuerdo o expresan que se debió hacer esto o aquello. Esta falta de valor para argumentar está cargada de desconfianza, desinterés en involucrarse y acumula inconformidad y desesperanza; que minimiza la capacidad propositiva para construir en conjunto, presentar alternativas, y visualizar oportunidades para todos.

Zygmunt Bauman, el sociólogo más influyente de las últimas décadas, decía que estamos olvidando el arte de dialogar, y esta capacidad se ve empobrecida por el mundo online, ya que los mensajes de texto han llevado a que frente a un problema la solución es borrar o no leer, y con ello se piensa que ya se soluciona o se invisibiliza para no molestar. Él también agrega que el diálogo lleva a comprendernos mutuamente para vivir juntos en paz, aun gracias a las diferencias y no a pesar de ellas.

El diálogo, debería incluir: respeto, permanencia y trascendencia. Respeto porque no se trata de atacar o defenderse, ni emplear lenguaje o actitud beligerante, sino que busca ser sincero, honesto y transparente, para construir vínculos de confianza que generen acciones por el bien común. Permanente porque debe ser oportuno para no dejar espacio al rumor o a la indiferencia, abierto a la escucha activa, para propiciar la interacción humana que permita la posibilidad de argumentar; y como dice Bauman, dar la opción de exponer las propias ideas aun asumiendo el riesgo de que en el transcurso de la conversación se compruebe que uno estaba equivocado, y que el otro tenía razón. Dialogar es de valientes y se requiere tener humildad.

El diálogo debe trascender a la acción, es decir, avanzar del dicho al hecho, también debe permitir una evolución, para que las nuevas generaciones construyan sobre la confianza, superando lo que hoy vivimos por la carga histórica del conflicto. No se debe impregnar a la juventud con el temor de comunicarse, porque a ellos los convocan más los encuentros que los desencuentros, y se movilizan hacia adelante, sin miedo, en la búsqueda de sus sueños con esperanza.

Construir confianza, a través del diálogo con escucha activa, es un camino a los problemas de comunicación.