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Ecos del Concilio Vaticano II

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En octubre de 1962, inició labores el concilio ecuménico que había sido convocado por Juan XXIII.  En el discurso que pronunció ante los obispos del mundo, para inaugurar las deliberaciones del concilio, el papa hizo referencia a la inconformidad de los sectores más tradicionalistas de la Curia Vaticana con esa iniciativa: ‘En el ejercicio cotidiano de nuestro ministerio pastoral, y a nuestro inmenso pesar, debemos escuchar a personas consumidas por el fervor, pero de escaso juicio o equilibrio, quienes sólo ven en el mundo moderno traición y ruina.  Sostienen que esta época es mucho peor que las anteriores y proceden como si no hubieran aprendido nada de la historia.  Sin embargo, la historia es la gran maestra de la vida.  Estamos obligados a disentir de estos profetas del desastre que se la pasan pronosticando calamidades como si el fin del mundo fuera inminente.  Por el contrario, hoy la Providencia nos guía hacia un nuevo orden de las relaciones humanas, que gracias al esfuerzo humano, pero sobrepasando de lejos las esperanzas humanas, nos permitirá hacer realidad aspiraciones no soñadas.’

Estas palabras resultaron premonitorias respecto a la magnitud de los cambios que el concilio terminaría proponiendo en las relaciones del catolicismo con la sociedad, con las otras religiones y los no creyentes, con los estados y con el mundo contemporáneo.  También insinuaban la dificultad que tendría la implementación de las reformas propuestas, habida cuenta del poder obstruccionista de la burocracia vaticana.

La tensión dinámica entre el llamado al aggiornamento, la voluntad de rectificar y de reconciliar de los reformadores y el inmovilismo intransigente de los sectores menos tolerantes de la Curia, sigue vigente.  Por ese motivo, la evaluación de los resultados del Vaticano II permite valorar la transformación religiosa que ha tenido lugar y, al mismo tiempo, reconocer la capacidad que siguen teniendo los profetas del desastre  para frustrar el proceso de renovación.

Los logros del Concilio incluyen la reconciliación con el mundo moderno y con las Iglesias protestantes, la erradicación del antisemitismo católico, la aceptación del Estado laico, el compromiso con la paz y la defensa de los derechos humanos.  Se puso fin a la Contrarreforma y al oscurantismo del Sílabo de Errores de Pío IX.

Entre los retrocesos revisionistas deben mencionarse la semi-deificación papal y el consiguiente culto de la personalidad,   la creciente centralización decisoria en Roma, en detrimento de la autoridad de los obispos, y el retorno a la práctica de formular condenaciones. Se censura a teólogos progresistas, se deplora la lógica del mundo laico y se investiga a  religiosas norteamericanas por asignarles  excesiva prioridad a los pobres.

No obstante los intentos por soslayar su trascendencia, el Concilio Vaticano II es reconocido como el acontecimiento religioso más importante del siglo XX.  De la misma manera, y a pesar de los esfuerzos  por demeritar su obra de sus detractores, el transcurso del tiempo ha ido confirmando el significado de la figura histórica de Angelo Giuseppe Roncalli, Juan XXIII, il papa buono.

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