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Analistas 03/07/2026

Gobernar es ejecutar: la cultura que Colombia está dejando perder

Roberto Rave Ríos
Presidente ejecutivo Laick - Cofundador Libertank

En política pública existe una verdad incómoda: no ejecutar también es una forma de gobernar, pero es una pésima forma de hacerlo. Porque gobernar no consiste en anunciar recursos; gobernar consiste en convertir esos recursos en resultados. Y hoy, en la cultura colombiana, esa transformación no está ocurriendo como debería. Durante estos años, el Gobierno Petro prometió una transformación histórica para el sector cultural. Más presupuesto, más programas y más presencia institucional. Sin embargo, la discusión no debería centrarse en cuánto dinero se anunció, sino en cuánto llegó realmente a los territorios.

La cultura no necesita más anuncios ni más dependencia estatal. Necesita resultados, oportunidades y libertad.

Hace varios años he venido estudiando con obsesión todo lo relacionado con la economía cultural y del entretenimiento, un ecosistema ignorado por la institucionalidad, pero con un gran potencial de transformación social y económica para las generaciones venideras.

Los informes de seguimiento del Departamento Nacional de Planeación mostraron que durante 2024 el sector cultural registraba una ejecución financiera cercana a 25,8%, mientras los compromisos presupuestales superaban 51%.

La diferencia parece técnica, pero no lo es. Significa que los recursos se comprometían mucho más rápido de lo que se convertían en resultados para los ciudadanos.

Porque una biblioteca anunciada no educa a nadie; una casa de cultura contratada no transforma ninguna comunidad, y un proyecto aprobado sigue siendo una promesa mientras no llegue a la gente. Cada peso que no se ejecuta no es un ahorro: es una renuncia. Es el festival que no llegó al municipio, es la escuela de música que nunca abrió sus puertas, es el artista que no encontró una oportunidad, es el patrimonio que sigue esperando. La propia Contraloría General de la República advirtió que durante 2024 la ejecución de la inversión pública nacional apenas alcanzaba 9,1% en el primer trimestre, uno de los niveles más bajos de los últimos años. El problema no era exclusivo del Ministerio de las Culturas, pero, precisamente por eso, resulta aún más preocupante.

Uno de los pilares del proyecto político del presidente Petro consistía en demostrar que un Estado más grande podía ser también un Estado más eficiente, pero la realidad mostró algo diferente: un Estado que anunciaba más de lo que ejecutaba. Y cuando hablamos de cultura, las consecuencias son profundas, porque la cultura no es un lujo: es identidad, es convivencia, es tejido social y, sobre todo, es desarrollo económico y bienestar.

Como advertía Max Weber, el Estado se define por su capacidad para hacer efectivas sus decisiones. Un gobierno que no ejecuta termina convirtiendo sus promesas en simples declaraciones de intención.

Pero existe una discusión aún más importante. ¿Qué tipo de cultura estamos construyendo? Yo creo profundamente en el apoyo a la cultura. Creo en las bibliotecas, en las escuelas de música, en los museos y en la protección del patrimonio. Pero también creo que el objetivo de una política cultural no debe ser que los artistas vivan del Estado. El deber ser es que puedan vivir de su talento, que encuentren públicos, que construyan mercados, que desarrollen emprendimientos sostenibles y que sean libres. El papel del Estado debería ser construir un terreno fértil, no convertirse en el dueño de la cosecha. Abrir puertas, no administrar dependencias; crear oportunidades, no subordinaciones. Porque las grandes expresiones culturales de la humanidad no nacieron de la dependencia: nacieron de la libertad.

Al final de cada gobierno queda una verdad imposible de esconder: los ciudadanos no recuerdan cuánto dinero se prometió; recuerdan lo que efectivamente se hizo con él. Porque gobernar no es anunciar; gobernar es ejecutar. Y cuando la ejecución falla, lo que se pierde no es solamente dinero: se pierde el desarrollo, se pierde la confianza y se pierde una parte del futuro que pudimos haber construido.

Los ejemplos son odiosos pero en el debate es importante sacarlos a relucir: en Antioquia se ha dado un aumento presupuestal de inversión en cultura, superior al 195%. Asimismo, el promedio de ejecución de los dos primeros años de Gobierno ha sido del 92% del presupuesto, mientras los gastos de funcionamiento en este mismo acapite han disminuido en más del 14%. Como expresa el Gobernador de Antioquia, Andrés Julián Rendón en diferentes intervenciones: la función pública no se mide por las ideas que anuncia, sino por las obras que concluye. En muchas circunstancias hace falta más acabativa que iniciativa.

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