Relacionar Dios con la pandemia es un tema recurrente de conversaciones cuando estamos en un pico de contagios, y algo menos cuando las cosas están suaves. En general se puede decir que existen tres posturas al respecto. Para unas personas existe una relación directa entre Dios y el coronavirus. Otro grupo de persona tiene algunas inquietudes vagas, sospechan que quizá exista algo entre estos términos, pero no saben como relacionarlos. Y un último grupo, que como consecuencia lógica de su modo de pensar y de vivir toda la vida, no unen pandemia con el hecho religioso. Me anticipo a decir que soy creyente, creo que Dios existe y me ama. Hago esta confesión para que los posibles lectores saben a qué atenerse.

En términos conductuales podríamos caracterizar estos tres grupos así. El primer grupo se siente impulsado a rezar más, a pedir a Dios protección para sí mismo y para otros. Aquí hay personas en las que esta actitud no implica un cambio de conducta y otros que sufren una conversión que los lleva a mejorar su conducta. En el segundo grupo están los dudosos, con inquietudes religiosas o sociales, que son aquellos que admiten dudas y se plantean cuestiones existenciales, pero no pueden o no quieren llegar hasta el final de esos planteamientos. Emocionalmente están unidos a los creyentes fervorosos y poseen un lenguaje positivo, solidario, amoroso.

Los agnósticos, que pertenecen al tercer grupo, están convencidos de que relacionar Dios con la pandemia es un mal planteamiento pues de estas realidades no experimentables por la mente humana nunca sabremos nada de ellas. El virus y su propagación es un hecho científico y relacionarlo con Dios aquí no tiene mucho sentido y corre el peligro de convertirlo en superstición, llevados de su fanatismo religioso. Desde luego, afirman que, a quien le sirva rezar pues que lo haga. Su posición de vida es vivir como si Dios no existiera.

Algo común a todas las personas de los tres grupos, generalizando, es el despertar de la solidaridad, los buenos deseos de soluciones para todos, una actitud más comprensiva, etc.

Veamos ahora algo sobre el modo de relacionar a Dios con la pandemia en el mundo de los creyentes. El convencimiento de que el virus es un castigo de Dios por el mal comportamiento del hombre está muy extendido. El rol de juez en Dios tiene como consecuencia lógica, dicen, un castigo o un aviso de Dios con ánimo de provocar un cambio, de que se enmiende el mundo.

El Papa Francisco ha comentado varias veces que este pensamiento no corresponde a la realidad de un Dios que, si bien ejerce la justicia, es también misericordioso y que sólo quiere el bien para todos. La pregunta no es si la pandemia es un castigo de Dios, sino cómo quiere Dios que afrontemos la pandemia, cualquiera que sea su origen humano, y qué espera de la humanidad y de cada ser humano en la situación actual.

No hace falta ser muy religioso ni muy perspicaz para intuir que lo que Dios quiere es lo que el mundo necesita: una ´humanidad más humana´. Personas, sociedades y estados que respeten la dignidad humana, una economía centrada en resolver las dificultades de la mayoría de la población mundial, un mundo que apueste por la paz, etc. Realidades que cualquier ser humano, creyente o no, puede decidirse a vivir en su entorno y convertirse así en una solución. Y que los creyentes seamos más coherentes con nuestra fe.