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Analistas 29/06/2021

Cambios de actitudes en la pandemia

Regino Navarro Ribera
Consultor empresarial y coach

El inicio de la pandemia marcó la aparición o el fortalecimiento de ciertos valores que pudieron estar escondidos durante algún tiempo en las personas. El virus sacó de la sociedad lo mejor de sí misma. La puesta en marcha de la vacuna, por el contrario, está ayudando a la aparición de algunos antivalores sociales. Pareciera que la sociedad está echando para atrás. Analicemos la situación del último año. Los primeros meses de la pandemia, en efecto, la incertidumbre, el miedo ante lo desconocido, hizo que se reaccionara acudiendo a los valores tradicionales, que fueron soporte seguro durante siglos, como fe en Dios, solidaridad, generosidad, sentido positivo ante la adversidad, etc. Es una reacción lógica pues está en juego la supervivencia y no aparecían personas o instituciones capaces de ayudar.

En el transcurrir de la pandemia van apareciendo diversos hechos que proporcionan tranquilidad mental, y por pura necesidad psicológica se entra en una cierta zona de confort. El conocimiento del virus, la transformación de los centros de salud en unidades aptas para tratar pacientes con covid 19, el fortalecimiento de las competencias hospitalarias y del personal médico, las noticias sobre las vacunas, la cercanía de los gobiernos con la población, etc., fueron factores que proporcionaron sosiego con el paso de los meses.

Sin embargo, no todo fue positivo en el transcurrir del tiempo pues la salud mental de la población se fue deteriorando por muchos factores. El encierro, los problemas económicos, la inflación de noticias negativas, el hecho de que los hogares se han transformado en oficinas y colegios simultáneamente, la cercanía de personas enfermas y fallecidas…fueron transformando a las personas. Poco a poco, sin ser muy conscientes, los sentimientos y las actitudes se fueron deteriorando, dando lugar a la aparición de ciertos antivalores. En primer lugar, la ira y la rabia aparecieron en forma de irritación y agresividad. El cansancio y el desánimo se notaban cada vez más.

Y por fin llegó la vacuna y con ella la alegría y la motivación. Hace ahora pocos meses existía la esperanza de que muy pronto la situación estaría casi controlada y la vida volvería a ser normal de cierta manera. De modo curioso este deseo de una nueva realidad produjo en general una prisa descontrolada por aplicarse la vacuna. Y de pronto nos dimos cuenta de que estaban entrando de forma poderosa una serie de antivalores, representados principalmente en el egoísmo, el individualismo y la codicia. El afán de saltarse la fila, es decir el turno establecido, y la aparición del desorden basado en la importancia de la propia situación económica o profesional. La solidaridad se ha ido perdiendo quizá.

Otro capítulo donde también aparecen algunas actitudes no muy positivas lo constituye el relajamiento de la disciplina de la prevención, de esa cultura de la seguridad que se fue construyendo poco a poco, y que se ha podido venir abajo por cansancio y por necesidad psicológica de algún tipo de normalidad y de espacios de relajación. Pero la esperanza de que la vacuna resuelva los problemas se va diluyendo poco a poco y sigue ahí la incertidumbre. El reto de hoy, entonces, parece ser lograr un equilibrio entre llevar una vida con cierta normalidad y persistir en las normas de seguridad.