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¿Vamos a permitir que se apague la llama?

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Sin duda la preocupación por el medio ambiente y las acciones afirmativas y contundentes que se requieren para protegerlo se ven distanciadas por un atributo básico: sostenibilidad. No es objeto de discusión el deseo de todos los empresarios y de la sociedad en general de emprender campañas, de cambiar procesos, insumos y adoptar toda una mentalidad diferente en nuestros sistemas productivos, pero cuando se cruzan dichas iniciativas contra el costo de implantarlas, se encuentra en algunas ocasiones con una dificultad: resulta insostenible económicamente.

 
Recientemente se difundió por algunos medios de comunicación la noticia de la quiebra económica del sistema de tratamiento del biogás del relleno sanitario de Bogotá, Doña Juana y que esto probablemente va a llevar a que se apaguen las antorchas que hoy queman el gas metano, el cual aporta de forma intensa al ya conocido efecto invernadero. La sostenibilidad de esta empresa estaba basada en los bonos verdes  por la quema del biogás, surgidos con el protocolo de Kioto. Este mercado de carbono, que financia muchos proyectos orientados a reducir el impacto ambiental de las emisiones de gases de efecto invernadero, está fuertemente afectado por la recesión económica en la que se encuentran gran parte de los países de la Unión Europea.  Los bonos pasaron de tener un valor de €15 en hace apenas dos años a €0.55 que es la cotización actual.
 
La pregunta que debe hacerse en este punto, es: ¿vamos a dejar que, literalmente, se apague la llama de los sistemas de quema de biogás? Ya no se está hablando de la rentabilidad de estos sistemas, sino de permitirles que subsistan. Se está hablando de proteger mecanismos que generan un impacto positivo y totalmente medible sobre el medio ambiente. Y la cuestión es importante porque cuando el país sufre las inclemencias de los fenómenos derivados del cambio climático son muchos los que señalan y piden acciones, pero cuando se trata de apoyar y apalancar iniciativas que propenden por mitigar este efecto, el número de voces ya no es la misma.
 
La quema del gas metano que se genera en los rellenos sanitarios de forma natural debiera considerarse parte de las acciones normales y permanentes que debe emprenderse en estos sitios de disposición final de residuos sólidos, como quiera que la definición misma de su existencia implica que su operación debe mitigar los impactos ambientales que genera y ello incluye tanto el tratamiento de lixiviados – líquidos que percolan las basuras – como de los gases producidos. Por lo anterior, no resulta descabellado considerar que los sistemas de tratamiento de biogás se deben incorporar a los costos del relleno sanitario mismo y con ello se garantice la subsistencia de estos importantes sistemas de control de gases.
 
Según datos no oficiales, la suma de todos los sistemas del país podrían estar por encima de las 800.000 toneladas equivalentes de CO2 que se evitan lleguen a la atmósfera cada año, lo cual es comparable con la carga que en el mismo sentido generan alrededor de 225.000 vehículos pequeños en el  mismo periodo de tiempo. Teniendo en cuenta todo lo anterior, ¿vamos a permitir que se apague la llama? 
 
La solución es fácil y está en manos de la regulación, acompañado por el empresariado y la sociedad misma, es solo cuestión de conciencia y decisión.
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