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En todos los países, cada viernes, sábado o cualquier día que no sea feriado, millones de personas ejecutan el mismo ritual ancestral: levantan los ojos al cielo, suspiran con fe y compran algún juego de azar; desde lotería, loto, chance, fútbol en línea o raspa, como quien firma un pacto con el destino esperando que, esta vez sí, el universo les haga el milagro para librarse de deudas, cambiar de jefe o, más ambicioso aún, jubilarse sin haber cotizado para la jubilación. Este ritual lo practican unos 450 millones de jugadores en el mundo, una comunidad global más grande que la Unión Europea y el Mercosur juntos.
La cruel estadística indica que ganar la lotería es tan probable como que un congresista quiera que su hija se case con el hijo de un político del partido opositor. En la Lotería Primitiva de España, por ejemplo, la probabilidad es de 1 entre 13’9838.160. En el Gordo de Navidad, 1 entre 100.000 , es decir un décimo tiene un porcentaje del 0,001% y en el platanal la probabilidad de acertar en la Baloto es de 0,000000123; es categoría milagro. Aun así, los jugadores “invierten” felices, convencidos de que la probabilidad es 50-50: o me lo gano… o no. Un modelo mental que haría llorar a cualquier profesor de estadística, pero que explica el optimismo improbable.
A veces pienso que el filósofo que dijo que “la esperanza es lo último que se pierde” debió haber trabajado en una lotería, en la oficina de servicio al cliente de una empresa de telefonía.
Lo fascinante del azar es que los sumerios ya apostaban; los romanos jugaban dados en tabernas; los cruzados trajeron la expresión al-azar árabe; y hoy el ritual continúa en bingos y casinos donde quienes cantan el número ganador mantienen siempre la solemnidad de un subastador de obras de arte.
Mi madre siempre decía que los juegos de azar son “el impuesto para estúpidos”. Una frase lapidaria, pero estadísticamente sólida: lo paga quien quiere, voluntariamente y cuantas veces quiera y lo mejor es que es sin debates en el Congreso, sin bloquear vías, sin arrasar los bienes públicos, sin herir policías y sin tirarse el transporte de la clase trabajadora y a la juventud que estudia para ganarse el día con trabajo y disciplina.
Para dar un orden de magnitud, el juego legal transfirió 2,4 mil millones de pesos que fueron fundamentales para la salud de todos los colombianos. Así que el lema de los perdedores pudiera ser: “Yo pierdo, pero el país gana”.
Pero como ni la economía ni la matemática suelen ser fortalezas de los gobiernos que creen que los empresarios ganan demasiado, ya les impusieron nuevos impuestos. Y, como era de esperarse, los malos ya inventaron la salida: páginas piratas, rifas ambulantes y la línea caliente del barrio. En esa jugada solo hay una certeza matemática que es perder. Estas apuestas informales le quitan al Estado más de 1,5 mil millones de pesos al año, dinero que no va a hospitales, pero sí a cuentas bancarias de los mismos hampones de las economías ilegales.
Para terminar esta el milagro tecnológico pues recientemente, un ganador de la Lotto confesó que su número se lo dio una inteligencia artificial IA. Es decir, le pidió a un algoritmo lo que antes se pedía al brujo, se leía en la taza de chocolate o se veía en un sueño premonitorio. Al final, lo fascinante de los juegos de azar no es solamente la ganancia , que nunca llega, sino esa mezcla rara de esperanza, ilusión, disciplina del autoengaño y negación estadística.