Analistas

Malas ideas económicas en combinación con malas políticas

Sigo pensando en la reciente aparición de Kevin Hassett en el Centro de Políticas Fiscales, donde Hassett, presidente del Consejo de Asesores Económicos del presidente Donald Trump, retribuyó la amabilidad de sus anfitriones impugnando su integridad sin necesidad.

Dejando de lado los insultos, ofreció un nuevo análisis de incidencia del impuesto corporativo: un enfoque nunca antes visto, innovador y totalmente ridículo. Ah, y además da la casualidad de que dice lo que sus amos políticos quieren oír.

Como yo lo veo, esto es parte de un patrón más amplio.

Cuando nos golpeó la crisis financiera de 2008, hubo muchos llamados a que hubiera nuevas ideas económicas; incluso se formó un Instituto para el Nuevo Pensamiento Económico. La historia implícita, que en su mayor parte se dio por hecho que era cierta, fue que la crisis había comprobado la inadecuación de la ortodoxia económica y la necesidad fundamental de nuevos conceptos. Además, como era de suponerse, los que apoyaban los llamamientos al nuevo pensamiento tenían una suerte de versión de guion de Hollywood de cómo se llevaría a cabo: innovadores osados propondrían ideas radicales, después se enfrentarían a la resistencia de los viejos chapados a la antigua, antes de salir victoriosos gracias a su capacidad superior para predecir los acontecimientos.

Lo que acabó pasando en realidad fue muy distinto. Es cierto, nadie vio venir la crisis. Sin embargo, eso no se debió a que la ortodoxia económica no albergara tal posibilidad; por el contrario, los ataques de pánico y las carreras al banco son una vieja historia, y se discuten en cada libro de principios económicos. La razón por la que nadie lo vio venir fue un fallo empírico, pocos se dieron cuenta de que el auge de la banca paralela había evadido las salvaguardias bancarias de la era de la Depresión.

La cuestión fue que solo los ideólogos del libre mercado más lerdos se quedaron con la boca abierta.

Después de la crisis, la macroeconomía estándar funcionó bastante bien. Tanto la política fiscal como la monetaria hicieron lo que se suponía que debían hacer en el límite inferior igual a cero. Hubo bastante espacio para los ajustes, y muchas oportunidades para usar al padre de todos los experimentos de trabajo empírico, pero no hubo una gran necesidad de pensamiento radical nuevo.

Sin embargo, proliferaron los conceptos nuevos y radicales: la política fiscal de contracción en realidad es de expansión; la política monetaria de expansión en realidad es deflacionaria; ocurren cosas terribles con el crecimiento cuando la deuda cruza el margen del 90 por ciento del producto interno bruto. De inmediato, estas ideas obtuvieron carretadas de tracción política. Nadie hizo caso a los anticuados cánones económicos. Los cánones de las políticas públicas dieron un brinco ante la posibilidad de aplicar nuevas ideas.

¿Qué tenían en común las ideas que los estremecieron? Todas, implícita o explícitamente, tenían implicaciones ideológicas conservadoras, ya fuera que los autores se lo hubiesen propuesto o no. Y todas ellas probaron, muy rápidamente, que eran totalmente erróneas.

De tal modo que el nuevo pensamiento económico a partir de la crisis ha comprobado, en su mayoría, que está compuesto de malas ideas que sirven a una agenda política conservadora. Lo cual no es exactamente el guion que nos prometieron, ¿o sí?

Después de pensarlo, no cuesta mucho trabajo ver cómo ocurrió. Antes que nada, la macroeconomía convencional ha funcionado bastante bien así que se necesitan innovaciones realmente brillantes para justificar un rompimiento importante y convincente con esas convenciones. Además, las innovaciones realmente brillantes no son fáciles. En cambio, los rompimientos con la sabiduría convencional provinieron de gente que, lejos de transcender esa sabiduría, sencillamente no logró entenderla, para empezar.

Si bien hay gente como esa en la izquierda y en la derecha, hay una enorme asimetría en la riqueza y la influencia que tienen ambos lados. Las opiniones confusas de la izquierda se hacen de adeptos, provocan intercambios en algunos blogs y generan algunos tuits desagradables. Las opiniones confusas de la derecha se convierten directamente en pronunciamientos de políticas públicas de la Comisión Europea y el liderazgo del Partido Republicano.

Esto me regresa a Hassett. La incidencia fiscal, al igual que la macroeconomía, es un tema técnico con un consenso generalizado que enfrenta desafíos de la izquierda y la derecha. Buena parte del trabajo arduo se destinó a crear ese consenso, lo cual no quiere decir que sea correcto, sino que hay que proponer una idea realmente buena para refutarla con eficacia.

En cambio, se puede obtener bastante tracción política con una idea realmente mala que desafíe el consenso, siempre y cuando sirva a los intereses de los más ricos y la derecha política. Y eso es justo lo que ocurrió en el Centro de Políticas Fiscales.