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Los “know-nothing” del siglo XXI

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En esta época, llamar a alguien un “know nothing” (traducción literal: no sabe nada) podría significar una de dos cosas.

Si eres un estudiante de historia, podrías comparar a esa persona con un miembro del partido Know Nothing de la década de 1850: un grupo intolerante, xenófobo y antinmigrante que en su punto más alto incluyó a más de 100 congresistas y ocho gobernadores. Sin embargo, lo más probable es que quieras decir que esa persona es ignorante de forma deliberada, alguien que rechaza los hechos que podrían poner en conflicto sus prejuicios.

Lo triste es que en la actualidad Estados Unidos está gobernado por gente que encaja en las dos definiciones. Además, los “know nothing” en el poder están haciendo todo lo posible para sabotear los cimientos mismos de la grandeza estadounidense.

Los paralelos entre la agitación antinmigrante de mediados del siglo XIX y el “trumpismo” son evidentes. Solo han cambiado las identidades de las nacionalidades difamadas.

Después de todo, Irlanda y Alemania, las principales fuentes de la ola inmigrante de aquella época, eran los países de mierda de ese momento. La mitad de la población de Irlanda emigró debido a la hambruna, mientras que los alemanes huyeron por problemas económicos y políticos. Los inmigrantes de los dos países —los irlandeses en particular— eran retratados como criminales borrachos, por no decir subhumanos. También los percibían como subversivos: católicos cuya primera lealtad era hacia el papa. Unas pocas décadas más tarde, la siguiente ola de inmigrantes —italianos, judíos y muchas otras personas— inspiró prejuicios similares.

Y henos aquí de nuevo. El prejuicio antirlandés, el antialemán y el antitaliano son en esencia cosas del pasado (aunque el antisemitismo brota eternamente), pero siempre habrá nuevos grupos que odiar.

Sin embargo, los republicanos de la actualidad —porque esto no solo toca a Donald Trump: es todo el partido— no solo caben en una de las dos definiciones de “know nothing”, sino que portan los dos estandartes. El rango de problemas en los que según los conservadores los hechos tienen un sesgo liberal bien conocido solo sigue ampliándose.

Un resultado de esta aceptación de la ignorancia es el distanciamiento sorprendente entre los conservadores modernos y los estadounidenses con una formación académica superior: en especial, los docentes universitarios, pero no son los únicos. La derecha insiste en que, en la academia, la escasez de aquellos que se identifican como conservadores es evidencia de la discriminación de sus puntos de vista, de una corrección política descontrolada.

No obstante, es extraño encontrar profesores conservadores hasta en las ciencias duras como la física y la biología, y no cuesta trabajo ver por qué. Cuando la postura más o menos oficial de tu partido es que el cambio climático es un engaño y la evolución nunca ocurrió, no obtendrás mucho apoyo de la gente que se toma en serio las evidencias.

Sin embargo, los conservadores no creen que el rechazo que producen sus ortodoxias en la gente informada sea una señal de que tal vez deberían cambiar su forma de pensar. En cambio, se han resentido con la erudición y la educación en general. Extraordinariamente, una clara mayoría de los republicanos está diciendo que los colegios y las universidades tienen un efecto negativo en Estados Unidos.

Así que el partido que en la actualidad controla los tres poderes del gobierno federal está cada vez más a favor de la intolerancia y en contra de la educación. Lo anterior debería perturbarte por muchas razones, una de las cuales es que el Partido Republicano ha rechazado los valores mismos que hicieron grande a Estados Unidos.

Piensa en dónde estaríamos como nación si no hubiéramos experimentado esas grandes olas de inmigrantes que se sintieron atraídas por el sueño de una vida mejor. Piensa en dónde estaríamos si no hubiéramos sido los pioneros en el mundo, primero en la educación básica universal y después en la creación de grandes instituciones de educación superior. Seguramente seríamos una sociedad limitada, estancada y de segunda clase.

Y en eso nos convertiremos si prevalece el movimiento de los “know nothing”.

He estado releyendo un libro importante de 2012, “The New Geography of Jobs”, de Enrico Moretti, sobre la creciente divergencia de las fortunas regionales dentro de Estados Unidos. Hasta más o menos la década de 1980, Estados Unidos parecía un país encaminado hacia una prosperidad extendida: regiones pobres como el “sur profundo” estaban alcanzando con rapidez al resto. Sin embargo, desde entonces, las brechas se han ensanchado de nuevo: en algunas partes de la nación, los salarios se disparan mientras que en otras se rezagan.

Moretti argumenta, de la misma forma que muchos economistas, que esta nueva divergencia refleja la creciente importancia de los grupos de trabajadores altamente capacitados —muchos de ellos inmigrantes— que se suelen concentrar en las grandes universidades, los cuales crean círculos virtuosos de crecimiento e innovación. De este modo, en gran medida las elecciones de 2016 pusieron estas regiones en ascenso en contra de las rezagadas, razón por la cual los condados a favor de Hillary Clinton, quien ganó el voto popular apenas por una ligera mayoría, representan un sorprendente 64 por ciento del producto interno bruto de Estados Unidos, casi el doble que los condados a favor de Trump.

Es evidente que necesitamos políticas para distribuir de manera más extendida los beneficios del crecimiento y la innovación. No obstante, una de las formas de pensar del trumpismo es intentar reducir las disparidades regionales, pero no levantando las regiones en rezago, sino derribando las regiones en desarrollo. Eso es lo que provocarán los ataques a la educación y la inmigración, ejes impulsores de las historias de éxito de la nueva economía.

Entonces, ¿prevalecerán nuestros “know nothing” modernos? No tengo idea. Sin embargo, es claro que, si lo hacen, no volverán a engrandecer a Estados Unidos: eliminarán justamente lo que volvió grande al país.

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