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¿Han vuelto las “reglas Clinton” para 2016?

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Si tiene suficiente edad para acordarse la década de 1990, entonces recordará el interminable desfile de supuestos escándalos (Whitewater, sobre todo), todos ellos fomentados por operativos del ala derecha, todos ansiosamente publicitados por las cadenas convencionales de noticias, y que realmente ninguno de ellos resultó involucrar un delito. Las reglas de siempre no parecían aplicarse. En cambio, las reglas Clinton entraron en efecto, bajo las que insinuaciones y culpabilidad por asociación fueron consideradas perfectamente legítimas, y bajo las que la sugerencia inicial de infracción de la ley recibió titulares de primera plana, pero el descubrimiento subsecuente de que no había ocurrido ninguna mala conducta era sepultada en las páginas de atrás, si acaso se informaba.

Parte del mismo fenómeno resurgió durante las primarias presidenciales de 2008.

Entonces, ¿ahora es diferente? Los primeros indicios no son alentadores: ya es aparente, por ejemplo, que el autor del libro anti Clinton que está motivando las acusaciones más recientes es una verdadera joyita.

Otra vez, quizás tenga algo de cierto. Pero dados los antecedentes, todos haríamos bien en seguir nuestras propias reglas Clinton y sospechar mucho de cualquier informe de supuesto escándalo a menos que haya evidencias fuertes, en lugar de simples insinuaciones.

Ah, y los canales de noticias probablemente deberían ser conscientes de que no estamos en 1994: hay en pie una infraestructura progresista mucho más eficaz y mucho más escrutinio sobre lo que se informa; el tipo de negligencia periodística que no fue sancionada hace 20 años ahora puede hacer que aterricen en grandes problemas.

Esto no es un acuerdo comercial

El comentario más reciente de Greg Mankiw en el New York Times (nyti.ms/1OP1P9E) me dejó perplejo. ¿Realmente no ha leído nada sobre la Asociación Trans-Pacífico (TPP, por su sigla en inglés)? ¿Realmente desconoce completamente la naturaleza de la discusión contra ésta?

Personalmente, soy un tibio opositor del acuerdo, pero no lo veo como el final de la República, y hasta puedo ver algunos motivos (principalmente estratégicos) para apoyarlo. Sin embargo, una cosa que debería ser totalmente obvia es que es inapropiado e insultante ofrecer un sermón general sobre por qué el comercio es bueno debido a las ventajas comparativas, y sobre por qué los proteccionistas son unos tontos. Esto es porque el TPP no es un acuerdo comercial; se centra en la propiedad intelectual y solución de desacuerdos. Es probable que los grandes beneficiarios del acuerdo sean las compañías farmacéuticas y las firmas que quieran demandar a los gobiernos.

Esos son los temas que deben discutirse.

Un nuevo libro genera cuestionamientos

Un libro de Peter Schweizer que pronto saldrá a la venta, intitulado “Clinton Cash”, ha generado cuestionamientos entre los comentaristas sobre si Hillary Clinton, la ex secretaria de Estado y actual candidata presidencial demócrata, intercambió favores políticos por donativos para la organización caritativa no lucrativa de su familia, la Fundación Clinton.

Un detalle del libro que últimamente ha recibido muchísima atención en los medios se relaciona con los vínculos entre el ex Presidente Bill Clinton e inversionistas de Uranium One, una compañía minera de uranio que tiene propiedades en Estados Unidos. Frank Giustra, director financiero de la firma y amigo del Sr. Clinton, donó 31.3 millones de dólares a la Fundación Clinton en 2006, según un artículo publicado a finales de abril en The New York Times por los reporteros Jo Becker y Mike McIntire (disponible aquí: nyti.ms/1DfLvI7). Después, en una serie de acuerdos celebrados entre 2009 y 2013, la compañía fue vendida a la agencia de energía atómica de Rusia.

Dado que involucraba uranio, la venta requirió aprobación del Departamento de Estado, dirigida en ese entonces por la Sra. Clinton.

En los años previos y posteriores a la decisión concerniente a la aprobación del acuerdo, la Fundación Clinton recibió millones en donativos del Sr. Giustra y otros inversionistas de Uranium One, según The Times.

“Se desconoce si los donativos jugaron algún papel en la aprobación del acuerdo de uranio”, escribieron los reporteros. “Pero el episodio subraya los desafíos éticos especiales presentados por la Fundación Clinton, dirigida por un ex presidente que dependió fuertemente de dinero del extranjero para acumular 250 millones en activos incluso mientras su esposa ayudaba a dirigir la política exterior estadounidense como secretaria de Estado, presidiendo decisiones con el potencial de beneficiar a los donantes de la fundación”, afirmaron.

La Sra. Clinton, quien anunció su candidatura a la presidencia a principios de abril, descartó las acusaciones como “distracciones y ataques”, y sus partidarios señalaron que otras agencias gubernamentales también habían supervisado la venta de Uranium One.

John Cassidy, un comentarista de The New Yorker, también sostuvo que “con la acumulación de personalidades de medios conservadores, la campaña Clinton va a poder presentar los cuestionamientos sobre la Fundación Clinton y las finanzas de la familia como cacería política de brujas y no como ejercicio legítimo de investigar a los candidatos presidenciales. Y si eso pasa, muchos estadounidenses podrían terminar descartando todo como riña partidista”.

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