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El primer ministro de Gran Bretaña, David Cameron, es prisionero de sus propias políticas

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“Si esté plan está funcionando, ¿cómo sería uno fallido?” Esto fue lo que cuestionó Martin Wolf en su columna del Financial Times en respuesta al reciente discurso del Primer Ministro británico, David Cameron, quien insistió que su política de austeridad fue y es la correcta, y que está teniendo éxito.

Simon Wren-Lewis, economista de Oxford, analizó detalladamente en Internet las afirmaciones del Sr. Cameron, y entre otras cosas descubrió que el premier británico más o menos mentía sobre lo que realmente dijo la Oficina de Responsabilidad Presupuestaria – en términos generales la contraparte de la Oficina Presupuestaria del Congreso de Estados Unidos – sobre el impacto de la austeridad sobre el crecimiento. Particularmente me impresionó la forma en que el Sr. Cameron sigue afirmando que las bajas tasas de interés de Gran Bretaña muestran que su política es exitosa y necesaria. Se parece un poco a un sumo sacerdote sacrificando a una virgen cada mes para garantizar que el sol siga saliendo, y que después afirme que la salida del sol demuestra que el sacrificio efectivamente era necesario. La prueba obvia es comparar las tasas de Gran Bretaña con las de otros países; si el rendimiento de los bonos británico de 2,07% valida sus políticas, ¿el rendimiento de los bonos de Estados Unidos de 2,05 valida las del Sr. Obama? O mejor aún, ¿el rendimiento de los bonos de Francia de 2,1, valida las del Presidente Hollande?

¿O tal vez el punto sea que cada país que se endeuda en su propia moneda (o, en el caso de Francia, que finalmente tenga un banco central dispuesto a hacer su trabajo dando liquidez) ahora puede endeudarse de forma barata?

El problema, por supuesto, es que la carrera política del Sr. Cameron y su propia identidad actualmente están totalmente ligadas a la cruzada de la austeridad. Es un prisionero de su pasado que no puede ni quiere cambiar de rumbo. En cambio, sus incentivos tienen que ver con apostar a la redención – aferrarse a la política con la esperanza de que surja algo que de alguna forma lo convierta en héroe.

Las “eurogolpizas” continuarán … hasta que mejore la moral.

Así lo dijo José Manuel Barroso, presidente de la Comisión Europea, en una carta enviada al Consejo Europeo donde sostuvo que lo que Europa necesita es – sorpresa – más austeridad.

Estoy tentado a hacer un análisis punto por punto de los datos que el Sr. Barroso presentó para apoyar su afirmación de que el ajuste está procediendo a un ritmo aceptable. Sabemos, por ejemplo, que lo que parece un auge en la competitividad irlandesa en gran parte es un efecto de composición, donde la robustez relativa de industrias sumamente intensivas en uso de capital (farmacéuticas) crea la ilusión de un auge de productividad. También sabemos que incluso donde hay mejoras genuinas en el desempeño de las exportaciones, como en Portugal, no están contribuyendo lo suficiente a la demanda agregada como para evitar una espiral descendente provocada por la austeridad.

Pero basta; claramente, la comisión no cambiará de rumbo hasta que llegue la catástrofe.

 

 

 

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