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Colombia se prepara para recibir cerca de US$1.200 millones en centros de datos de aquí a 2030. Es una buena noticia y significa capacidad de cómputo, encadenamientos productivos, empleo calificado. Pero vale la pena mirar la conversación que ha rodeado ese anuncio. El sector le está pidiendo al gobierno que resuelva el cuello de botella energético para que la inversión llegue. Casi nadie está haciendo la pregunta simétrica: cuánta energía y cuánta agua cuesta eso, quién las paga y qué recibe el país a cambio. Esa asimetría no es un descuido, es el síntoma de una manera de razonar que ya naturalizamos, y que el papa Francisco llamó paradigma tecnocrático: una racionalidad instrumental que responde con brillantez a la pregunta por el cómo y hace décadas dejó de hacerse la pregunta por el para qué. Es una forma de pensar extraordinariamente eficaz y a la vez incapaz de decirnos cuándo detenerse. Optimiza medios, pero no sabe darse fines.
El asunto es que Colombia entra a una década en la que casi todas las decisiones importantes van a tener forma técnica: infraestructura digital, adopción de inteligencia artificial en el Estado y en las empresas, reglas de datos, reconversión productiva. Si el único criterio disponible para tomarlas es la eficiencia, las vamos a tomar mal, porque esta es una virtud de los medios, y lo que está en juego son fines. Propongo recuperar un criterio que la economía conoce bien y usa poco: el florecimiento humano. No es una categoría devocional, Amartya Sen la volvió operativa cuando definió el desarrollo como expansión de las capacidades reales de las personas para elegir la vida que tienen razones para valorar. San Pablo VI la había formulado en 1967 como el desarrollo de “todo el hombre y de todos los hombres”. Y de ahí sale una prueba que cualquier junta directiva, cualquier ministerio y cualquier universidad podrían aplicar mañana, antes de aprobar un proyecto y no después: ¿qué capacidades expande y qué capacidades contrae esta solución? ¿Quién gana y quién pierde capacidad de decidir? De ahí sale también un corolario que la contabilidad no registra: una innovación que mejora un indicador y empobrece una relación no es desarrollo, aunque el indicador suba.
¿Tiene esto consecuencias medibles? 91% de los estudiantes colombianos de educación superior usa inteligencia artificial; 61% no ha recibido ninguna formación para usarla. Y un estudio reciente en colegios colombianos encontró que la herramienta mejora la escritura, sí, pero amplía hasta 20 puntos la distancia entre los estudiantes de alto y bajo desempeño, porque amplifica capacidades previas en lugar de corregir debilidades. Léase despacio, porque esa es una frase económica antes que pedagógica: en un país con nuestra distribución del ingreso, una tecnología que amplifica ventajas previas no es por sí sola una oportunidad sino un concentrador. Solo la formación la convierte en oportunidad. Quien no lo vea así está confundiendo adopción con desarrollo. San Juan Pablo II lo fijó en 1981 con una precisión que hoy suena contemporánea: la técnica es aliada del hombre mientras lo perfecciona, y se vuelve adversaria cuando lo suplanta. Cuarenta y cinco años después, ese sigue siendo el criterio que necesitamos.
El desafío de este nuevo momento de Colombia no es adoptar más rápido, es decidir mejor. Los países que florezcan en la próxima década no serán los que instalen primero la tecnología, sino los que hayan conservado un criterio para preguntarle a cada innovación qué impacto positivo tiene en la gente. Porque no todo lo posible es debido, ni todo lo eficiente es justo.
El primer minuto de juego nos da esperanza; los yerros en comunicaciones o en casos puntuales no nos pueden desviar del objetivo que es reconstruir el país. Solo una preocupación: se requieren más recursos de los que hasta ahora han identificado
Estamos lejos de un pacto entre naciones soberanas; se trata de una transacción mercantilista que despoja a los venezolanos de su patrimonio sin transparencia ni fiscalización pública