Analistas

Integrarse para no perder el tren

La historia latinoamericana es la de una larga búsqueda de la estabilidad política, el crecimiento económico, la reducción de desigualdades y también de su unidad. La integración se ha transformado en un desideratum que nunca se ha alcanzado del todo, aunque en determinadas coyunturas la meta se haya vislumbrado próxima, como con la actual Alianza del Pacífico. Y, sin embargo, se antoja que el futuro de Latam y su rol en el mundo pasan por su integración comercial, económica, política y social.

La última aportación en cuanto a unidad procede del BID, que en su informe “Caminos para crecer en un nuevo mundo comercial”, aboga por un mercado regional plenamente integrado. Un Área de Libre Comercio de América Latina y el Caribe (Alcalc) que estaría basada en la libre circulación de bienes y servicios y nacería para afrontar “un ambiente comercial global cada vez más difícil” por el auge del proteccionismo. La propuesta contiene tres ideas clave. En primer lugar, el BID asume una postura pragmática (y no voluntarista como ocurrió en el pasado con otros planes integracionistas) a la hora de proponer la integración como vía para solucionar problemas que arrastra la región: por ejemplo, propiciando que las empresas del área se vinculen a las cadenas productivas y de valor globales.

En segundo, el Alcalc, que crearía un mercado único de 5 billones de dólares (7% del PIB mundial) está concebido como ruta de integración sencilla y flexible, que se apoyaría sobre la red de tratados construida en los últimos 25 años, algo que ofrece a la región una poderosa plataforma de partida. Ahí radica otro de los aciertos del BID: no aspira a crear un organismo más para añadir a la ensalada de siglas, sino que parte de lo ya avanzado.

Huye así de propuestas con arquitecturas burocratizadas (Mercosur) o basadas más en confluencias ideológicas que en económicas (Alba). El BID no busca grandes estructuras administrativas ni entidades supranacionales, sino que se inclina por una “infraestructura institucional minimalista” apoyada en mecanismos intergubernamentales y en las reglas de la OMC. Así, el Alcalc se ocuparía solo del intercambio de bienes y servicios y, con el tiempo, podrían integrarse temas medioambientales, laborales, de propiedad intelectual.   

En tercer lugar, el proyecto tiene la virtud de querer responder a las necesidades coyunturales actuales de Latam (reformas estructurales, cambio de matriz productiva…). El camino no pasa por esperar a que medidas contra-cíclicas o posibles alzas del precio de las materias primas cambien la tendencia, sino por acometer cambios de raíz para crecer más y mejor y ser más competitivos. En ese sentido, el BID se inclina por apoyar un gran acuerdo comercial regional que incentive todas esas transformaciones en vista de que “los tratados regionales más pequeños no impulsaron las exportaciones al resto del mundo” y de que la balcanización de los tratados comerciales internos va en contra de su motivación económica fundamental. 

La idea del BID podrá o no prosperar, pero creo que va por el camino correcto si se quiere hacer de la integración el tren que conduzca a Latam a la modernidad. La historia muestra que solo se consolidará ese proyecto si está signado por el pragmatismo y la flexibilidad y si parte de lo ya avanzado en integración. A ese círculo virtuoso cabe añadir la necesidad de que exista  auténtica voluntad política y un fuerte liderazgo y compromiso integracionista de los países más fuertes de la región.