miércoles, 22 de julio de 2020

Más columnas de este autor Maritza Aristizábal Quintero

Antes de ser periodista algo me atraía del Congreso. Imaginaba discusiones profundas y debates agudos entre estadistas y filántropos. Sí, tenía una visión un tanto romántica de la política colombiana.

Pero entonces llegó el día de mi primer cubrimiento. Con no más de 20 años, lo primero con lo que me topé fue con una “verificación del quórum señor secretario”. Cinco minutos después ya se había acabado todo, hasta mis expectativas de entrevistar y conocer a los hombres altruistas detrás de las curules. No pude ni escribir, ni editar mi primera nota. Mis ganas de demostrar que tenía madera periodística se estrellaron con la realidad: la sesión de la Comisión acabó porque no llegaron los congresistas. Hubo muchas excusas, pero solo una explicación: no fueron a trabajar. Y eso pasaba al menos dos o tres veces por semana. Empecé a entender otras cosas, por ejemplo, que muchos se salen de los salones justamente para desbaratar el quórum, dilatar discusiones e incluso extorsionar, al mejor estilo parlamentario, a algún funcionario necesitado de la aprobación de una ley. La asistencia de los congresistas al recinto no es garantía de nada, vi a muchos dormirse en su silla, jugar tetris, y nunca olvidaré una que, en plena aprobación de una reforma, exhibía y vendía colchas en el elíptico, como en el mejor mercado persa. La seducción que en algún momento sentí por el Congreso se convirtió en desilusión.

Entendí rápido la mecánica. Supe que si no llega algún Ministro para presionar la votación de un proyecto, ese se podía hundir. Y el Ministro no llega solo, lo hace con su comitiva preparada para una negociación que mínimo termina en bufé. Así como lo oyen, si un funcionario pretende que los congresistas se queden más allá de la una de la tarde votando un proyecto en Comisión, o más allá de las siete de la noche, discutiéndolo en plenaria, tienen que armar almuerzo o comida. No es tan grave como lo que ocurre a puerta cerrada en las oficinas, pero es por donde empiezan las malas prácticas.

Por cuenta de la pandemia, el Congreso se volvió virtual, y pese a todas las dudas que surgieron, llegaron buenas formas y se acabó la ridícula excusa de la falta de quórum. En cambio, trabajaban 10 Comisiones al tiempo, todos los funcionarios citados conectados, no se levantaron las sesiones porque no llegó el almuerzo y se discutieron los proyectos hasta aprobarlos o archivarlos. Este, sin duda, se parece más al Congreso que imaginé antes de ser periodista.

La virtualidad a 100% acabará en seis meses o un año. Pero lo bueno que ha dejado este ejercicio debe conservarse. Quienes no están de acuerdo dicen que los congresistas están muy cómodos en sus casas, ¿en serio eso les preocupa? Su nivel de comodidad para mi es irrelevante. Lo importante es que trabajen. Algunos más apegados a las letras añejas de la ley quinta - aseguran que no es posible sesionar mediante una plataforma y además que lo digital mengua el papel de control del Congreso. Aferrarse a esa norma para sesionar en tiempos de pandemia, es igual a vivir el cristianismo desde el antiguo testamento. El Congreso debe reinterpretarse y abrir paso a un modelo que permita la semipresencialidad después del covid. No para que los congresistas tengan excusas de no ir al capitolio, sino para que no tengan excusas a la hora de asistir a un debate.
============Tx. CREDITO_ANALISTA (35901150)============
Maritza Aristizábal

Editora Estado y Sociedad Noticias RCN

@Maryaristizabal
============Ayu. DESTACADO_COLUMNA (35901161)============
El Congreso debe abrir paso a un modelo que permita la semipresencialidad